Patricio Jara: Quemar un pueblo
Fecha: Viernes 12 de Marzo de 2010
Acá dejamos un fragmento de la última novela de Patricio Jara: Quemar un pueblo, publicada el año pasado por la editorial Alfaguara. Lea y disfrute.
La primera presentación de la historia del circo Atracciones Internacionales fue en el patio de la misma posada donde sus miembros estuvieron alojados.
Apenas difundida de boca en boca, se hizo más bien a modo de agradecimiento por la actitud siempre reservada de la casera y de los vecinos, quienes, sin saber de qué se trataba, soportaron a diario el bullicio de los ensayos, especialmente luego de que Oliverio recibiera un timbal, un redoblante y dos maracas.
—¡Muy buenas noches, mis queridos amigos! —irrumpió Lucio Carbonera y levantó los brazos en un gesto lleno de espectacularidad. Se había puesto un traje de chaquetilla y pantalones blancos, botas negras y una capa roja que le llegaba hasta los tobillos—. ¡Todo el mundo de pie con estos artistas de excepción!
Según la breve nota de prensa aparecida en El Paraguay Independiente el 12 de mayo de 1876, a la presentación en los arrabales de Asunción no asistieron más de treinta personas, pero lo que ellos vieron causó tanto revuelo que pareció que hubieran sido miles los testigos. Al día siguiente la noticia corrió rápido hasta llegar al centro de la ciudad y al taller del periódico, desde donde salió un reportero rumbo a la posada a enterarse de más detalles, aunque para entonces la caravana del circo llevaba medio día de camino rumbo a la frontera con Argentina. De todos modos, lo que pudo recopilar en el vecindario bastó para que al día siguiente el periódico publicara tres párrafos con la noticia. «Un circo de monstruos ha pasado por San Juan», decía el encabezado.
Aquel no fue el único titular de prensa que se refirió al circo. Luego de seis meses por el norte de Argentina y el este de Bolivia, Atracciones Internacionales sumaba casi veinte notas en periódicos y gacetas que daban cuenta de su paso por ciudades y pueblos. Todas, por cierto, destacaban tanto el asombro de la concurrencia como los mañosos juicios de quienes aseguraban que se trataba de descarados y muy bien
urdidos trucos de impostores. Junto con estas sospechas, la Iglesia también tuvo algo que decir; de modo que más de un párroco salió al paso por lo que consideraba una aberración. Incluso más: exhibir impúdicamente aquello merecedor de una profunda y sincera misericordia era poco comparado con las intenciones de lucro de quien obligaba a estos muchachos a grotescos números de carnaval.
Pero aquello a Lucio lo tenía sin cuidado. Más le preocupaban las acusaciones de fraude. Por lo que si alguien insistía en que todo se trataba de un engaño, al término de cada presentación los mismos artistas se encargaban de desmentirlo, acercándose uno a uno para que el público comprobase con sus propias manos lo que sus ojos se negaban a creer. Así, ante la completa admiración de los presentes, los hermanos Ildefonso se abrían la camisa para demostrar que no había trucos, y Alcides dejaba que tocaran sus facciones de anfibio como si se tratara de un rito de sanación. La idea, pensaba Lucio también, era la mejor manera de captar más público. Aunque Oliverio Tovar estaba de acuerdo con el patrón, siempre se las arreglaba para evitar el contacto con la gente; y no precisamente por su timidez, sino por las incontables veces en que los más suspicaces le daban fuertes tirones a los pelos de su cara para comprobar que fueran verdaderos.
Pese al revuelo, el circo nunca pasaba más de cinco días en cada sitio. Si bien Lucio no habría dudado en echar a patadas a los curas y parroquianos que viniesen a hostigarlo, fue el temor a la visita de alguna comitiva médica requiriendo examinar a sus artistas lo que le obligó a tomar tal decisión. Lucio quería mantener la promesa que hizo a sus muchachos antes de partir desde Asunción: que nunca más en la vida volverían a entrar a un hospital por la fuerza.
Con esa premisa, el trabajo del circo adquirió una milimétrica rutina en cada parada. Durante el primer día, mientras los propios artistas levantaban la carpa con ayuda de lugareños a cambio de entradas gratuitas que luego muchos de ellos revendían, Lucio contrataba a un grupo de chicos para pegar los carteles y repartir las octavillas promocionales que hizo imprimir por miles en su paso por San Miguel de Tucumán; y si las tres siguientes jornadas eran dedicadas por completo al espectáculo, antes del mediodía de la quinta, la caravana ya había iniciado la partida.
Conforme pasaban las presentaciones, los artistas fueron ganando tanto oficio como dinero, el que en el caso de Lucio significó recuperar por completo la inversión realizada en Paraguay, a la vez de permitirse algunos lujos, aunque modestos, significativos: agregó una tercera y cuarta carretas, renovó otra y compró nuevo vestuario: trajes, charreteras y sombreros fueron hechos a la medida en Santa Cruz de la Sierra, una de las paradas más exitosas hasta entonces. Si en su paso por cada localidad el circo sumaba cerca de diez presentaciones, allí no fueron menos de quince. Tanta gente se había arremolinado en la entrada de la carpa que Lucio debió arrendar banquetas y sillas en tabernas cercanas para dar abasto a las cien personas que hubo en promedio por presentación.
Para entonces Dámaso Ildefonso había añadido dos nuevas canciones a su repertorio y Gastón lograba cada vez mayor destreza con los puñales que lanzaba a las seis naranjas que ahora Alcides era capaz de mantener en el aire sin que cayeran. Pero eso no era todo.
Luego de acompañar a Dámaso con sus tambores, Oliverio ofrecía un enardecido solo de percusión de más de dos minutos. El tamborileo que mostraba el licántropo a veces alcanzaba tal nivel de frenesí que ni bien salían de la función, muchos asistentes volvían a ponerse en la cola sólo para verlo dándole a los timbales con una velocidad que, tal como su cuerpo cubierto de pelos, muchos afirmaban no era de este mundo.
A inicios de diciembre de 1876, tras el éxito en Santa Cruz de la Sierra y luego en La Paz, la caravana se encaminó hacia a Lima. Era un viaje ambicioso y lleno de riesgos por la rudeza del clima y del terreno, pero gracias a la cuidadosa ruta que les señalaron los oficiales de un regimiento boliviano, el circo, tras doce días de viaje, pudo llegar hasta Arequipa. Allí hicieron seis presentaciones repletas de público y recaudaron lo suficiente para seguir rumbo a la provincia costera de Camaná, el mejor sitio donde conseguir un barco con destino al puerto de El Callao.










Es imperdonable que no mencionen la novela LOS SALTIMBANQUIS, publicada por RIL en 1999 del escritor chileno Javier Campos. Es la misma idea de un circo que llega a un pueblo pero con mucho más imaginación. Lo imperdonable es que la “critica” no investigue antecedentes sobre un mismo tema y crea que la novela de Jara es una novedad. Esa desmemoria de la critica es una debilidad en la literatura.