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	<title>Encuentro Regeneración</title>
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	<description>Escritores y ediciones chilenas invadiendo el DF</description>
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		<title>Matías Celedón: La Filial</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Mar 2010 19:45:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Después de debutar con Trama y urdimbre, Matías Celedón está preparando su segundo libro titulado La Filial, en el que ha decidido extremar el recurso de la contención y el minimalismo, creando una obra en la que cada frase está hecha a partir de un timbre de un funcionario de público. Acá les dejamos dos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_273" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/contrafuerte2.jpg"><img class="size-medium wp-image-273" title="contrafuerte2" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/contrafuerte2-300x160.jpg" alt="" width="300" height="160" /></a><p class="wp-caption-text">Por Francisca Bakovic</p></div>
<p>Después de debutar con <strong>Trama y urdimbre</strong>, Matías Celedón está preparando su segundo libro titulado <strong>La Filial</strong>, en el que ha decidido extremar el recurso de la contención y el minimalismo, creando una obra en la que cada frase está hecha a partir de un timbre de un funcionario de público. Acá les dejamos dos imágenes en las que se pueden apreciar los timbres que componen esta obra.  Lea y disfrute.</p>
<p><span id="more-253"></span></p>
<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/la-filial-celedon.-1.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-274" title="la filial celedon. 1" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/la-filial-celedon.-1.png" alt="" width="449" height="626" /></a></p>
<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/la-filial-celedon-2.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-275" title="la filial celedon 2" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/la-filial-celedon-2.png" alt="" width="449" height="637" /></a></p>
<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/la-filial-celedon-3.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-276" title="la filial celedon 3" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/la-filial-celedon-3.png" alt="" width="434" height="557" /></a></p>
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		<title>Pablo Torche: La voz sola</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Mar 2010 09:19:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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		<description><![CDATA[
Acá les dejamos un cuento de Pablo Torche que apareció en la revista Cyber Humanitatis hace un tiempo. Se titula: La voz sola. Lea y disfrute.

Ya pensé que no volvería a hablar con estas palabras, pensé que de esta aguja me desharía. Porque cuando un barco se aleja de la ribera, finalmente termina por perderla [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/torche.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-266" title="torche" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/torche-300x195.jpg" alt="" width="300" height="195" /></a></p>
<p>Acá les dejamos un cuento de Pablo Torche que apareció en la revista <a href="http://www.cyberhumanitatis.uchile.cl/CDA/creacion_simple2/0,1241,SCID%253D5986%2526ISID%253D287,00.html">Cyber Humanitatis</a> hace un tiempo. Se titula: <strong>La voz sola</strong>. Lea y disfrute.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-265"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Ya pensé que no volvería a hablar con estas palabras, pensé que de esta aguja me desharía. Porque cuando un barco se aleja de la ribera, finalmente termina por perderla de vista. Así pensé yo que todo este intento sintáctico se perdería también de vista. Pero uno vuelve, a veces, a sentir lo mismo que hubo sentido en otro momento, uno vuelve a ser el mismo, encuentra lo que había dejado, oye lo que se había extinguido, uno, después de todo, es un destripador de momentos. Vender carne nunca deja de ser vender carne, ayer por la tarde nos juntamos en el bar La Espera, el bar La Espera es un lugar en extinción, no es todavía una especie extinta, es un lugar que se está extinguiendo. Gruesos baldosones cubrían el piso. En un momento yo me paré al baño y pude contar y “estudiar” los gruesos baldosones que cubrían el piso, muy a la antigua. El ruido de la calle prácticamente ni se escuchaba, sólo se escuchaba, del otro lado del tabique, junto a la barra, el televisor, entregando las noticias del día, y las conversaciones de dos o tres borrachos, yo me había reunido con otras tres personas más. Dos de ellos eran actores. Llegaron irradiando toda su “acoplación a los movimientos sociales.” Yo les hice una mueca de reprobación, esa fue mi forma de saludarlos, pero ellos siguieron irradiando toda su “acoplación a movimientos sociales.” Cuando ya pensé que nunca más volvería a hablar con esta voz que hice mía, pensaba, de hecho, que esta voz era pasado, cuando llegaron los actores compradores de movimientos sociales, yo pensaba que esta voz era pasado y si alguien me hubiese preguntado yo le habría asegurado (sin duda lo hubiera convencido) que esta voz era pasado. No estaba borracho en el bar La Espera. Pensaba en las fachadas continuas. Hace uno o dos meses, pensaba que dejaría esta ciudad, pensaba que dejaría esta ciudad para siempre. Pensaba que, una vez dejando esta ciudad, tan pronto dejara esta ciudad e incluso antes de dejar esta ciudad, sobrepasaría mi esquizofrenia y me haría uno, pero a última hora me arrepentí y no dejé esta ciudad, pensaba que dejaría esta ciudad y, además, pensaba que ya no hablaría de nuevo con esta voz que no es mía, pero de la cual yo me apropié hace algún tiempo porque me hacía bien o no me hacía bien, nunca me hizo bien, en realidad, me acomodaba, para esta voz yo era un buen ventrílocuo, de esta voz me resultaba fácil ser un ventrílocuo.<br />
No estaba ebrio en el bar La Espera, estaba pensado en las fachadas continuas que había visto cuando venía hacia acá, Servicios funerarios, gente extraña por lo general, a las nueve de la noche, la mayoría de las oficinas mostraban gente del otro lado, mujeres mal vestidas, hombres llegando a sus casas, detrás de las ventanas iluminadas se me mostraban, al pasar, todo tipo de escenas. Todo se resuelve caminando. Caminando por Santiago. Yo que pensaba irme de Santiago y he aquí que, de un momento a otro, me doy cuenta que caminando por Santiago se resuelve todo. No es ya conversar con gente, conversar con gente no sólo no resuelve nada sino que por el contrario, vuelve todo más oscuro, destruye el alma humana. Conversar con actores, en particular, destruye el alma humana.  La voz que tienen los actores y su siniestra complicidad con el mundo moderno, destruye el alma humana. Uno lucha por convertirse en algo que le parece entretenido o enriquecedor sin percatarse que ese algo, posteriormente, se confabulará contra uno. Uno lucha por tener por amigos a ciertas personas, ciertos seres que después conjurarán tu destino. Yo quería ser un escritor, pero gracias a Dios no me convertí finalmente en un escritor. Si soy algo ahora, debería decir que soy un navegante, un “soldado vagabundo”.  Por otro lado podría decir que soy un experto en las comunicaciones, en las comunicaciones del alma humana. Pero un escritor jamás, gracias a Dios, forzadamente y contra mi voluntad, me libré de esa mala costumbre, de esa enfermedad, gracias a Dios me alejé de ese oficio y a todo lo que ese oficio implicaba lo denosté, excepto quizás su aspecto más nocivo, que es la tendencia a pasar el tiempo libre en compañía de actores, la compañía de actores te destruye lentamente, los actores no suelen utilizar, y diría, aún más, que no utilizan nunca, medios intempestivos para demolerte, los actores, para demolerte, utilizan un andamiaje de desmontación en serie, los actores son los grandes maestros de la desmontación en serie. Primero se acercan y revolotean junto a ti. Anhelan tus contenidos. Ése es su patrón de acercamiento: hambre de contenidos. Te hacen creer que desean tus contenidos, porque, te hacen creer también, son gente inteligente y lúcida, los actores, más que ningún otro ser, y antes que ningún otro, te hacen creer que son gente seria, a caballo, por así decirlo, del estado de descomposición del mundo, uno a los actores les cree que son seres a caballo del estado de descomposición del mundo, porque los actores representan extraordinariamente bien su papel de personas a caballo del estado de descomposición del mundo, uno realmente les cree que sienten el olor descompuesto del mundo, pero los actores no sienten el olor descompuesto del mundo, a los actores el mundo les alienta, les alienta a seguir viviendo. Y yo alguna vez me topé con esta actriz en algún momento de mi vida y la conocí, la miraba de reojo, ahora ya la había olvidado, pensaba que nunca más la iba a ver, implícitamente pensaba que nunca más nos veríamos, de pronto aparece en el bar La Espera, esta actriz, alentada de vida, con su pareja alentada de vida, la gente llena de vida nos perturba a todos, a mí la gente llena de vida me perturba, las actrices llenas de vida, de andar cool, modo silencioso y congraciatorio me perturban hasta hacerme trastabillar, se sentaron a la mesa en el bar La Espera y querían demostrarme que estaban llenos de vida y yo, en contraposición, quería demostrarles que estaba vaciado de vida, comenzaron a eruptar su vida, diría vomitar su vitalidad, pero no era vitalidad lo que eruptaban era vida. Se pasearon por una multitud de temas completamente vitales. Enseguida en cuanto nos vimos nos reconocimos, en la manera en que un niño reconoce que ha actuado bien a través de la sonrisa de su padre, no bien nos vimos nos reconocimos en el bar La Espera y nos dijimos claro que nos conocemos, ¿de dónde se conocen? dijo alguien, y dijimos de dónde nos conocíamos, en qué momentos de mi vida, y por medio de qué episodios, había trabado yo contacto con el mundo del teatro, contacto carente de dudas, a veces, cuando estoy rodeado de actores, preferiría morir, así me senté yo con estos actores y me dejé morir, mientras tomaba cerveza, otras veces, también con escritores, me siento morir, pero nunca es como con actores, lo más terrible es que ellos no lo saben, los actores están tan concentrados en realizar su papel, en pulimentar las aristas de su papel, los actores están tan concentrados en relucir, que no son capaces de darse cuenta como todos los demás, todos nosotros actuamos también.<br />
Actuar, mi amigo había trabado contacto con esta actriz por medio de un casting, procedimientos actorales, la había visto debutar, luego la había hecho actuar, los actores, pese a todo, se dan cuenta de qué manera horrenda los mutilan los generadores de contenidos exentos de sensibilidad emocional, por supuesto que se dan cuenta de eso, había sido ridículo tan sólo suponer que no se daban cuenta, si se dan cuenta perfectamente, la vida es un proceso de darse cuenta continuo de cosas horribles, dar vuelta cosas que estaban cubiertas, revelar cosas que estaban ocultas, enfrentarse a cosas que, habiendo estado ocultas, no las habíamos visto, cosas que no habíamos visto en absoluto, pasamos a intuirlas ya, de a poco vamos resolviendo estos pequeños “artilugios vitales”, si somos constantes resolvemos algunos pocos más, si nos mantenemos alejados de actores y gente como esa resolvemos unos pocos más. Uno busca en la vida como librarse de estas revelaciones horrendas cuando la vida finalmente, no consiste al fin y al cabo más que en acercarse a estas revelaciones horrendas aunque, desde luego, cerca de actores y gente como esa es difícil. Es difícil porque la gente como esa te revienta a sujeciones y modificaciones sintácticas, coloridos términos de referencia, patrones de jerarquización, ritmos distintos y ciclos vitales, sus caras, de partida, son máquinas de producción de atributos sintácticos, por medio de los cuales te dejan botado, maltrecho, por medio de los cuales te dejan a la deriva. Rostros de actores son armamento peligroso, hay que tener cuidado con los rostros de actores, hay que tomar normas de seguridad máximas. Nos convertimos en actores cuando estamos con actores, nos asemejamos a ellos hasta el punto de convertirnos prácticamente en actores, somos casi actores nosotros también cuando estamos con actores, nos recubrimos de su repulsiva frialdad, y de su perversidad cuando estamos con actores. Me desligué de mi mismo para poder departir con estos actores gigantescamente siniestros, tuve que desligarme de mí mismo y olvidar lo que era, no podía ocultar lo que era porque ocultar lo que uno es no es suficiente con actores, los actores exigen que uno olvide lo que haya sido, cualquier cosa que haya sido, que uno, lo que haya sido, lo cubra con una capa de calor, con una lava caliente y lo sepulte para siempre. Así fue mi interacción con los actores en el bar La Espera, una interacción autodegradatoria, sin identidad. A los actores les entretenía mi modo de ser, sobre todo a ella le entretenía mi modo de ser, se sentía a mí cercana, sentía por mí cierta fraternidad insana, cierta insanidad mental, cierta delectación. Mentalmente sus gestos se arrimaban a mí, buscaban que les hiciera de aleros, mentalmente su estilo, hacia mi estilo tendía, se sonreía, se sentía menos vacía, mentalmente acariciaba mapas que conducían hacia mi territorio, yo constantemente, al oído, y a sabiendas de que era actriz, le murmuraba palabras en otro idioma, era una actriz grande, gigantescamente desproporcionada, yo trabajo en cultivar medios de comunicación, por lo común se los arriendo a gente más inteligente o mejor preparada, asisto a reuniones, ¡Ah! dice la actriz, con su bocota enorme y bien formada, claro, en el bar La Espera comienza ya escasear la gente, a estas alturas de la noche la gente comienza a escasear, nosotros, con los actores, recién empezamos a conocernos, a hacernos conocidos también para el mundo del teatro. Nosotros empezamos a abrirnos y los actores a plegarse, a volverse sobre sí mismos. Con miradas de extrañeza hilvanamos un diálogo confuso en el bar La Espera, llenos de conmoción, de apetencia por nosotros mismos, sobre todo yo y la actriz, que no habíamos comprendido nada, llegamos prácticamente a ser uno solo a medida que el proceso de desmenuzamiento moral y biográfico que tuvo lugar se fue consumando entre nosotros dos en el bar La Espera, todo en medio de tardías miradas de extrañeza y de candidez. I don’t remember how I used to be, le dije. Nuestras vidas recién habían comenzado a sustraerse de su curso natural, de su naturaleza fragmentada, y nos separamos, yo dejé su cuerpo y ella utilizó ese cuerpo como si hubiese sido de ella toda la vida. He ahí que nos habíamos encontrado y ella no había sido sincera y yo en cambio sí había sido sincero preguntándole cómo estaba y diciéndole que no sabía cómo estaba yo. Yo no la adocené a ella con todas esas palabras vulgares, yo no la sumí en ese miasma, muchas veces (y todavía no las suficientes) he hecho a los demás sumirse y fenecer en ese miasma, pero a ella no le impuse aquel castigo, la dejé libre, la liberé, no la emponzoñé a recuerdos, estaba ya en ese nivel triste de comunión espiritual con los otros. Yo me he desarrollado todos estos años: eso no se lo dije, no se lo dije ni por nada del mundo: no estaba aún en aquel nivel de inflamación espiritual. Perdí: pues tampoco le dije eso. No me lamenté de nada porque había agarrado toda esa compulsión contagiosa que tienen todos los actores a ser pagados de sí mismos. No le dije nada. Mi modo desagradable eso lo había mantenido y de nuevo le había encantado y de nuevo, otra vez yo, había en mí cierta imposibilidad de llegar a ella, cierta imposibilidad generosa, cierta imposibilidad de ser dulce con ella, porque había algo en su vestuario de actriz y su maquillaje de actriz, y su tertulia de actriz, algo que ya había habido y que seguía habiendo, toda esta extrañeza se mantenía, todas estas notas que desafinaban. En eso yo conté la historia de la cita. No sabía si contarla, pero finalmente la conté, no lo pensé demasiado, no lo pensé en absoluto, me mantuve en la incertidumbre y luego le di a esa historia de la cita todas las palabras que encontré dentro de mí, a la triste historia de la cita, qué historia más triste, jamás, como en esta oportunidad, había encontrado para la historia de la cita tantas palabras, tantas palabras rebosantes de melancolía:<br />
LA CITA<br />
Por  melancolía yo llame a mi cita y la invité a salir. Entre la reja que da a la calle, y la puerta de entrada de la casa de mi cita, hay una distancia considerable que, en la oscuridad, me impide distinguirla con certeza cuando se asoma. Una duda me asalta entonces: ¿Será mi cita? ¿O tal vez la nana, o tal vez la hermana? Esa duda no termina de dispersarse en toda la noche y en toda la noche yo no abandono, en consecuencia, esa frialdad de la que me he recubierto para protegerme en caso de descubrirse que mi cita no es verdaderamente mi cita. Cuando estoy parado frente a la reja que da a la calle, distingo, en la puerta de entrada (que está a una distancia considerable) una sombra que se asoma y que probablemente será mi cita ¿habrá de ser mi cita?. Pero a medida que avanza por el sendero sinuoso que conduce a la reja que da a la calle no logro dar una respuesta tranquilizadora a esta pregunta.<br />
Claro, me dicen sin comprender. Yo me sonrío, en la esperanza que lo comprenderán todo de pronto. Entonces nos ponemos de pie y abandonamos La Espera. Por fin abandonamos La Espera, pienso yo. Pienso: “Por fin abandonamos La Espera”. Por fin abandonamos La Espera, por fin, pienso poniéndome de pie y abandonando La Espera, por fin, ya no más, adiós La Espera, incluso decimos adiós al dueño de La Espera y salimos a la calle, nos desplazamos como un tornillo rodado, avanzando, pero sin penetrar nada, he ahí nuestro recorrido, nada. Gente privilegiada por no decir mentes privilegiadas porque afortunadamente todavía me queda vergüenza como para no decir mentes privilegiadas. Sucumbiendo en la nada. Procedimientos y operaciones originales, pero ya vistas. Nada nuevo bajo el sol, nada que no sea ficticio. Actuación. Me sorprendo un poco cuando veo que ella, la actriz, se ha comprado un auto, ya no me imita, ya no me imita a mi imita a otro, se ha comprado auto. Hey, what’s the matter girl, estoy a punto de decirle, let’s gonna come around, you know, just the two of us, and fool around como lo hicimos tantas noches en Santiago. Pongo un pie dentro del auto, y finalmente entro al auto como a regañadientes. Si un huevo se pone en la frontera de tu interior con el afuera, pienso una vez adentro, ¿de quién será la cría? Y el auto se pone en movimiento. Tomamos sin ambages la precaria cena que nos ofrece la vida y luego nos marchamos por las estaciones, recorremos sin cesar, día y noche, otoño, invierno, primavera y verano, siempre en el mismo orden, por años y años. De las personas que conocemos guardamos episodios, después ya nunca más volveremos a vivir esos episodios y los refractamos de una manera tan espantosa en nuestro interior que terminamos por perderlos también, por perderlos también. Si no fuera por casualidades de este tipo, casualidades fuertes, no tendríamos incentivo alguno para desarrollar nuevas ciencias, pero casualidades como éstas virtualmente nos obligan a desarrollar las frágiles ciencias que tenemos un poco más. Las frágiles ciencias para no hundirnos en el silencio. Lo mismo ocurre cuando tratamos de aprender un idioma nuevo, por ejemplo, para comunicarnos con alguien que no conocemos, pero que sin embargo nos interesa. Las repentinas exposiciones a pedazos de nuestra vida que habíamos olvidado, nos impone la sofisticación de nuestros diferentes paradigmas científicos como una primerísima prioridad. También revisamos todo lo que hemos aprendido, constantemente, sólo en virtud de lo que está por venir. De improviso llegamos a una casa deshabitada. Nos bajamos del auto y entramos en esta casa deshabitada. “Tú” me dice la actriz una vez adentro, mientras su pololo y mi amigo sirven un trago “¿acaso no asistías también a esas fiestas?” y me explica a qué fiestas se refiere; no, no, en absoluto, le digo yo, pero enseguida me veo obligado a rectificar, bueno, sí, a aquellas fiestas asistía. Jamás he pensado que la infancia sea un período atroz, sin embargo me he propuesto volverle la espalda. A ratos conseguimos ver la luz en nuestra vida aunque el resto del tiempo tratamos denodadamente de olvidar los momentos en que distinguimos esa luz, “alguien como yo” le digo a la actriz que no ha cesado de fingir (sus rasgos fríos se evaporan en la oscuridad) “alguien como yo, que no cree en la identidad” le digo a la actriz y sorbo un poco del vaso que ya ha llegado a mis manos, y estoy a punto de concluir con un postulado grandilocuente (“pasta en las praderas de la biografía” por ejemplo), pero al final me siento remecido por un impulso desconocido y le digo: “prefiere la primavera” porque es definitivamente mi estación preferida y, como ya he dicho, estamos en primavera. “Esta historia de la cita” me dice ella. “La frialdad,” le digo de pronto, creyendo que ha comprendido todo, pero me mira sin comprender. “La frialdad frente a lo que nos rodea. Historia.” “Puede ser, puede ser” dice su pololo, que se ha inmiscuido en la conversación, y la actriz, para ahuyentarlo, con un gesto de actriz (porque no es un gesto de personaje que emplea, es un gesto de actriz) dice cómo es posible, cómo es posible que hayas participado de esas fiestas, yo participaba de esas fiestas, inmediatamente después de esas fiestas, me dice ella, yo empecé a fingir, cómo es posible que tú te hayas demorado tanto en empezar a fingir, bueno, quién sabe, le digo yo, uno a veces se demora en poner en marcha ciertos procedimientos, pero bueno, dice ella, una cosa es demorarse un poco en poner en marcha ciertos procedimientos y otra cosa es no ponerlos en marcha en absoluto, me dice la actriz, precávete de las actrices y los actores.<br />
Claro, a veces me demoro un poco más de la cuenta, le digo yo achunchado. La verdad es que tenía ganas de llorar, sólo llorar, y huir de allí, y me entristecía la imposibilidad de huir de ahí cuanto antes. Por qué será que ahora los actores y las actrices como Uds., pensé, actúan como si siempre hubiesen tenido padre, siendo que, en realidad, nunca han tenido padre, siempre se han desenvuelto en la selva más alejada, más caníbal y más tribal, y yo, que siempre he tenido padre, actúo entonces como si nunca hubiese tenido padre. En ese momento la actriz me dijo: ¿tú nunca te alejaste de esas fiestas? y se refería a aquellas fiestas en que nos habíamos conocido, fiestas en que nos “encontrábamos”. ¿Por qué habría de haberme alejado? No sé, dijo ella, uno busca temáticas más afines, gente más afín, sociedades más afines, yo, de las sociedades más afines, le dije yo, siempre me he mantenido alejado. Yo me he quedado empantanado en aquello que es la frialdad, ¿por qué estos actores, me pregunté, actúan como si tuvieran algo que perder, cuando no tienen, en verdad, nada que perder, y yo, que soy el que tiene, en verdad, el mayor riesgo de perderlo todo, no actúo? Yo, que en verdad estoy en riesgo de perderlo todo, no me estremezco y ustedes se estremecen en todo momento sin tener la menor posibilidad de deshacerse de nada. Yo que busco la sinceridad: quise decir eso, pero no pude decirlo, me faltó valor. Yo, les dije por fin, que pasto en mi biografía y sin embargo no me muestro casi nunca indigesto, ustedes, les dije, son las luces ortopédicas del malestar, y están realmente, sobre-sintomatizados, ustedes, los hipocondríacos del saber de la maldad y yo, el triste deudo del saber de la verdad, yo el indigente y ustedes los eutróficos. Pero en fin, les dije después, yo los he visto sobre las tablas, conozco sus parlamentos, yo, les dije, conozco sus pantomimas, yo los vi pudrirse y después los vi venderse, a mí sus cirugías plásticas me asquearon en demasía. No entendí a tiempo, le dije a la actriz. Me percaté que estábamos, de pronto y sin que mediara por mi parte deliberación alguna, en el living de una casa con parqué de madera, y un enorme equipo de música vociferando ferozmente en una esquina, todo muy a lo actor, todo muy pretencioso, todo muy escabroso. Alfombras, mesas, arreglos, basura y desorden cotidiano, todo desestabilizante, no me había dado cuenta por qué medios había llegado a la casa que había llegado y, como es natural, eso me había atemorizado, de súbito tomé conciencia: “no tengo idea cómo ni por qué medios estoy en esta casa, en este living, con estos actores.” No tengo idea qué estoy haciendo aquí, no tengo la menor idea de qué estoy haciendo aquí, no tengo idea qué estoy buscando, si es que siquiera estoy buscando algo, no tengo idea producto de qué casualidad monstruosa caí, lamentablemente y al margen de cualquier estilo, dentro de este monumento a la hermosura de la superficialidad, dentro de este protocolo, no tenía la menor idea y, de pronto, me figuré que tal vez les había metido conversa a estos dos actores borrachos en un bar (recordaba vagamente el bar La Espera) y por una coincidencia estos dos borrachos actores me habían respondido, acaso a estos dos actores, pensé, les metí conversa en la calle, yo al menos, pensé, tengo vergüenza de estar conversando con dos desconocidos en el living de una casa desconocida, ellos en cambio, ni siquiera tienen vergüenza de estar conversando con un desconocido en el living de su propia casa. ¡Cómo voy a salir de aquí, cómo voy a salir de ésta! Me he metido en aventuras arriesgadas, pero en ninguna tan arriesgada como esta, de todas las aventuras arriesgadas en las que he metido, esta es sin duda la más arriesgada, miro el alto techo de la casa, el ábside, esta casa, comprendo en consecuencia de inmediato, es un lugar de oración. Con permiso, murmuro, poniéndome de pie. Voy hasta el baño. Las largas ristras de madera del parqué me conducen hasta el baño. Voy pensando, mientras recorro estas ristras de madera, en toda la gente que ha tratado de poseerme. De toda la gente que ha tratado de poseerme, prefiero con creces la gente que ha tratado de poseerme de manera demoníaca, la gente que ha tratado de poseerme de manera piadosa, me repugna más que nada. No sé por qué voy pensando en esto mientras camino hacia el baño. Y como me demoro todavía un poco más, porque la casa –¿o debería decir, el lugar de oración?– es grande, a continuación tengo tiempo de recordar vagamente la ocasión en que, de niños, hacíamos espiritismo en mi casa con mi hermana, y en eso entro al baño. Carente de reflejos, es un baño que no destella nada y está extremadamente quieto, más de lo que suelen estar los baños, está quieto hasta el paroxismo y eso me cansa. Así, recuerdo un viaje, luego, como a causa de una relación matemática, recuerdo una fiesta a la que fui cuando era muy chico y enseguida, a través de la ventana, veo un fantasma que me hace señas y me llama. Me aproximo a él. Quiere, a todas luces, que observe algo que ha quedado botado en el jardín. Es un jardín extraño, mitad estacionamiento, mitad patio interior; un atrio. Da a otra casa muy grande, que se alza contigua. No había pensado, cuando entré a esta casa, que tuviera siquiera jardín. Está muy oscuro y muy silencioso, y debo aguardar por algunos momentos que mis ojos se acostumbren a la oscuridad, para distinguir algo más allá de las meras siluetas difusas de sombras de arbustos y pastelones. Hacia el fondo, se recorta un tilo. La felpa de sus hojas arrulla el malsano aire nocturno. Entre dos corridas de pastelones que corren paralelas dejando entre ellas una franja de tierra, se encuentra una prenda de ropa botada, de color rojo, parece un conjunto de retazos, podrían ser varios trozos de género arrojados juntos, pero algo, ése algo imperceptible que posee la unidad, me indica que forman parte del mismo cuerpo. Es más, algo me hace ver que alguna vez estuvo habitado, algo en su extrañeza, en su gesto de desamparo. Una vez que lo miro el fantasma parece satisfecho y los sonidos vuelven a aparecer y lo pueblan, no voy a decir “todo” porque sería una exageración, pero al menos retoman su curso tradicional, y el silencio es un légamo de la ribera, a la espera de la próxima estación para volver a florecer. Regreso al living. Hay una presencia en el baño, digo. ¿Acaso –indago–, han matado a alguien en esta casa, acaso esta casa tiene historias que no se me han relatado? Pero los actores están ahora entregados a otra representación. Me doy unas vueltas un poco a la deriva. Si yo tuviera también mi parlamento, pienso mirándolos a ellos recitar su parlamento, no tendría problemas en recitar también mi parlamento. Las veces que he tenido parlamento, de hecho, he demostrado la mayor destreza para declamar parlamentos. No bien me he aproximado a parlamentos, los parlamentos se han acercado a mí para que yo los recite y en las escasas oportunidades en que, por miedo y por servilismo, me he ocupado en la declamación de parlamentos, he probado que soy perfectamente capaz de declamar bien un parlamento y no sólo perfectamente capaz sino que lo puedo hacer incluso con mayor facilidad y mayor fidelidad que un actor profesional que se ha pasado toda su vida declamando parlamentos, no tengo problemas con la declamación de parlamentos. Rehuyo los parlamentos porque estoy buscando mi voz sola, la voz que no se acurruca con ningún parlamento. Los parlamentos están hechos para los actores, yo no estoy hecho para los parlamentos. No he recorrido el camino de los anti-parlamentos, he recorrido el camino al margen de los parlamentos. Y tomo asiento junto a la actriz. Se ve bonita en medio de su parlamento infeccioso. Se ve de acuerdo con el entorno que la rodea. Sus rasgos afilados sucumben bien en la penumbra, sus volúmenes se ensamblan con propiedad en la penumbra, ella engarza bien en la oscuridad con las oscuras formas que deja entrever la casa, me dice, “yo hace mucho tiempo caché que lo mío iba por el teatro.” Cuando yo la conocí, pienso, mientras ella me dice “hace mucho tiempo”, cuando la conocí, hace mucho tiempo, pensé, y creo que llegué a estar bastante convencido incluso, que se trataba de una especie de vagabunda espiritual. Ahora, trato de darle salida a mi voz sola, trato de modelarla antes de que se difumine, y sin embargo pensé, cuando conocí a la actriz, que carecía de algo que se pareciera a un proyecto, ahora, sin ambages, me da en las narices con todo su proyecto, me dice “supe, que debía elegir algo distinto, supe que debía elegir el teatro.” Dejar de leer y dedicarse a escribir. De todas formas, en esta mujer, que ahora me resulta hasta atractiva, después de que durante mucho tiempo me provocó náuseas, descifro cierta incomodidad. Una forma de plantearse frente al mundo. Algo que no la tiene satisfecha. Patalear entre restos de una embarcación naufragada es algo que no me complace, sin embargo me las arreglo para extraer ciertos beneficios de ello. “Mientras yo estoy al margen de cualquier salvación,” digo “Uds. surfean en cualquier proceso de salvación. De la salvación del espíritu, de la salvación del cuerpo, de la salvación del intelecto, de la salvación del dinero, de la salvación de las mujeres, estoy al margen yo, de la única salvación de la que no estoy al margen es de la salvación del silencio, por eso que reservo mi voz para otro momento. De ninguna manera quisiera yo salvarme. Ustedes están salvados, yo estoy afuera de cualquier salvación. Por eso he decidido estar callado, mientras Uds. llenan mi mundo con palabras sueltas, como si fueran un oleaje reventando sobre una rompiente. Por eso he decidido no mostrarme yo, mientras Uds. llenan mi mundo con  lentos veleros remontando el horizonte. Los cielos que están por venir tendrán sus propias constelaciones. Claro, claro,” le digo a la actriz, mirándola de reojo y sin embargo observándola por completo, “yo nunca me alejé de allí y sin embargo ese lugar desapareció para mí. Claro, claro,” le dije, “yo nunca me moví y de todas formas me encontré de pronto alejado del camino que nunca debí haber abandonado. Mientras tú te movías interminablemente, nunca perdiste la ruta, yo nunca quise ni tan siquiera poner un pie en la berma de la ruta, pero la que nunca puso en pie en la berma de la ruta finalmente fuiste tú, yo que desprecié la ruta al no querer abandonarla, sufrí la pérdida de la ruta, tú que veneraste la ruta mediante la derogación de la ruta, nunca te apartaste de la ruta y he aquí entonces que tú estás en la ruta mientras que yo ya no estoy en la ruta.” Luego le dije a la actriz: “Las personas ya desintegradas no tienen tendencia a la desintegración. Las personas desintegradas,” le dije a la actriz, “disfrutan la desintegración, sin embargo tienden a la integración.” A falta de cualquier otra teoría que fuera más sofisticada, le dije a la actriz, que me estaba mirando desde la ruta que nunca había abandonado: “Yo en cambio tengo tendencias desintegratorias,” y la actriz asintió, como si penetrara mis palabras hasta un significado que incluso para mí quedaba oculto. “Mientras los demás,” le dije, y a falta de otra expresión mejor agregué, con la edad, “mientras los demás, con la edad, elaboran teorías y elaboran discursos que los integran, sucesivamente hablando los demás se integran, sin buscarlo, tal vez sin darse cuenta siquiera, los demás caen en un proceso de integración irreversible. Yo que soy una persona integrada,” le dije a la actriz, que hasta hace un tiempo había sido una persona, desde mi punto de vista, completamente desintegrada, y ahora estaba convertida en una persona completamente integrada, “yo cada vez que puedo, sin buscarlo, y casi sin darme cuenta, caigo de improviso en un proceso de desintegración incontenible. Es posible,” le dije “que con ciertas medidas, medidas extremas,” le dije, “cirujía mayor, yo pudiera haber detenido este lento proceso de desintegración real, mientras que tú, por ningún medio, por ningún medio a tu alcance, podrías haber detenido tu proceso de desintegración ficticio. No pertenecer a una minoría sin dejarse arrastrar tampoco por la mayoría. Por lo general quienes no adscriben a la mayoría, que es lo más frecuente, se inclinan a participar en minorías. Si tú no estás en la mayoría, deberías sentirte afín a la minoría, las personas que aborrecen la mayoría son las que conforman la minoría, en cambio para los que denostan la minoría, la mayoría sirve de refugio. Grandes masas de mayorías invaden el espacio de pequeñas minorías, pero antes de que las mayorías terminen de asentarse, las minorías alcanzan a infiltrarse. A los que nunca estuvimos en la mayoría se nos ofreció amparo en la minoría, pero los que renegábamos de las minorías éramos impulsados hacia la mayoría.” Me tomé otro trago sintiéndome ya borracho mientras que la actriz, que se había tomado muchos más tragos que yo, no se sentía para nada borracha. Podía verlo en sus facciones, blandidas orondamente en la oscuridad de la habitación. “Ustedes,” le dije, queriendo decir ustedes las actrices,  “se desplazan en pro de las minorías, pero lo que hacen en realidad es izar velas hacia las mayorías.” Luego le dije: “De todas las profesiones del mundo, es la de actor la más descarada.” Enseguida le dije: “A mi me gustaría, más que nada en el mundo, salir de este país, sin embargo, ni aún a cambio de salir de este país, consentiría yo en convertirme en actor.” Luego le pregunté si conocía el chiste del condenado a muerte. “El condenado a muerte,” le dije, “en su subida al cadalso, resbala y está a punto de caer. ¡Mierda! dice ¡casi me mato! Aún cuando tuviera a mi favor todo, encontraría yo fuerzas para resistirme a la carrera de actor. Busqué trabajo durante mucho tiempo, ahora encontré trabajo, durante mucho tiempo busqué dinero, ahora encontré él dinero a tal punto, que podría denominarme el gran magnate del trabajo. Sin embargo,” le dije, “aún así, no basta,” le dije, “ni con dinero, ni con trabajo. Esta realidad,” le dije, en medio de la estancia oscura, “es el emisario de un ángel. Los mensajeros,” le dije a continuación, “jamás han tenido importancia. Nosotros tratamos de poblar esta realidad, de hecho, estamos arrojados en un plan extremadamente ambicioso de poblamiento de esta realidad, cuando esta realidad no tiene la más mínima importancia, hace un rato, cuando fui al baño,” le dije acto seguido, como si viniera a cuento, “vi a través de la ventana el patio de tu casa.” El pololo de la actriz ya no me escuchaba. Estaba conversando animadamente con mi amigo. Estábamos solos la actriz y yo. “Era un patio vacío,” le dije. “¿Vacío?” dijo la actriz. “En tu patio,” le dije yo, sin reparar en lo que estaba diciendo, “dos hileras de pastelones y un tilo, es todo lo que hay.” A continuación le dije: “Las mullidas hojas del tilo acunan la oscuridad. Es todo lo que hay. Las buenas personas,” añadí, “son coptadas por las malas personas. Las buenas personas se dejan coptar puesto que, en la medida que no lo hagan, se quedarán solas. Solas entre malas personas. Las buenas personas coptadas se sienten acompañadas. Están calentitas coptadas. Como sea,” le dije, “es necesario construir toldos porque quien se queda a la intemperie sufre de insolación. Poblamos la realidad. Cuidamos de lo inmarcesible, cuando es en realidad de lo falible, lo bello y lo humano de lo que debemos preocuparnos.” Luego, ya por un buen momento, no le dije nada más. Ni siquiera pensaba. Sólo miraba a la actriz, que se veía hermosa cubierta por una capa de penumbra semi-diluida al contacto de su piel pálida, y luego de otras capas, cada vez más oscuras. Los grandes ojos de la actriz parecían charcos turbios, agitándose en el quieto escenario de su rostro. Los ojos de las actriz eran actores inmóviles, actores que habían olvidado su parlamento, di en pensar, y con esto recuperé el habla. “Antes de concluir un proceso,” dije “es conveniente darlo por acabado; y ponerle nombre. Tú a tu hermoso y oportunista proceso de putrefacción,” le dije “conviene que le pongas un nombre, y lo des por acabado. Tú, a tu herida, abierta sin dolor en el abdomen de tu vida, conviene que le pongas nombre para que puedas cerrarla y el abdomen de tu vida pueda entregarse así a la necesaria cauterización. Búscale un nombre al bello cotorreo que sostuviste con las cotilleras de la impiedad. Y luego ponle término a tu proceso y búscate una atmósfera cuyo aroma no tengas que dispersar para poder respirar.” Enseguida me marché, pero antes le dije: “Tu hermosura pasara, pero tu aletargamiento no pasará. Tus cinco sentidos se irán de ti,” le dije “pero tu aparato inmunológico no te dejará. Y podrás sobrepasar las duras afecciones de la vida. Con palabras.” Entonces retomé mi silencio, la invisibilidad de mi parlamento.</p>
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		<title>Marcelo Mellado: Hamelin</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Mar 2010 09:08:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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Acá dejamos un cuento de Marcelo Mellado publicado en el diario chileno La Nación Domingo, hace un tiempo. Se titula Hamelin. Lea y disfrute.

Macho, doméstico, joven ejemplar, que ejercía de mascota en casa de una vecina de la población Las Dunas, provoca un apagón que abarca gran parte del barrio Barrancas y Llo-Lleo. El joven [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/663784_400.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-263" title="663784_400" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/663784_400-300x197.jpg" alt="" width="300" height="197" /></a></p>
<p>Acá dejamos un cuento de Marcelo Mellado publicado en el diario chileno La Nación Domingo, hace un tiempo. Se titula<strong> Hamelin</strong>. Lea y disfrute.</p>
<p><span id="more-262"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Macho, doméstico, joven ejemplar, que ejercía de mascota en casa de una vecina de la población Las Dunas, provoca un apagón que abarca gran parte del barrio Barrancas y Llo-Lleo. El joven ejemplar de gato, según descripción del conservador del museo variopinto de la comunidad que estuvo a cargo de los primeros auxilios , habría escalado o trepado a una subestación o torre de alta tensión, y al transitar por los cables habría provocado un corte de circuito. La especie felina, según las propias palabras del conservador, habría transportado la energía, la que pasó por su cuerpo y fue liberada a través de una herida de aproximadamente quince centímetros, verificable en la zona de su pecho. De no haber sido liberada dicha energía, el felino se hubiera quemado, es decir, el animal hizo de conductor, lo que le habría salvado la vida.Esta información fue rescatada por YouTube y habría salido como reportaje en la televisión local. Además se consignaba un aspecto administrativo y de salud: la empresa Chilquinta, proveedora de la energía eléctrica en la zona, se habría hecho cargo de los costos del veterinario que tuvo que practicar la cirugía mayor. Se trataba del profesional Plutarco Zúñiga, hijo de don Pluto, agraciado poeta de nuestra comunidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Es habitual que el conservador del museo municipal se ocupe, por afición y doctrina, de la atención de animalitos, domésticos o indómitos, heridos o catastrofeados disculpar adjetivo por los efectos de una modernidad compleja, pensé para mis adentros. Por eso, así como el ejemplar de gato fue acogido en primera instancia por el dispositivo de rescate del museo, otras especies también han sido acogidas por el mismo, como aves y lobos marinos que han quedado varados y heridos en las orillas de nuestro litoral. Pero también han sido recuperados ejemplares de fauna que habitan en las áreas más altas del territorio, como zorros, quiques e incluso pumas (que no suelen dejar verse). Todo esto es muy lindo y atractivo, pero aquí falta la gente, digo y pienso.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo, por mi parte, me complico con los ejemplares de ratas que asolan mi casa y el vecindario y de las que nadie se hace cargo. Las políticas ambientales o de salud no alcanzan para eso; no tienen la espectacularidad mediática de los temas glamorosos de la ecología soft, más consumible por la población, pienso o me imagino. Porque yo pienso y me imagino muchas cosas, una de ellas tiene que ver con la necesidad de que un moderno flautista de Hamelin se haga cargo no sólo de las ratas portuarias me refiero a esos roedores que tienen su hábitat en la ciudad puerto, y que probablemente por el tema granelero aumentan exponencialmente, y que yo propongo el control biológico con un ejército de gatos bien entrenados , sino también de todas las ratas antropomorfas que pueblan el territorio.</p>
<p style="text-align: justify;">El cuento “El flautista de Hamelin”, que de niño me impresionó sobremanera y cuya crudeza pude entender años más tarde en una relectura crítica al darme cuenta de que en el fondo era una metáfora del emprendedor moderno , se trataba de un personaje que implementa un sistema paradojal para enfrentar la catástrofe de la peste negra. Estamos ante un emprendedor que vendió una estrategia a una comunidad, una especie de arbitrista, como el que aparece en el Buscón de Quevedo, que vendía dispositivos bélicos a ciudades Estado para el buen logro de sus empresas guerreras. Quizás eran vendedores de pomadas, pero en este caso son los que usan la imaginación de modo productivo, aunque aparezcan como delirantes por la pasión puesta en sus certezas.</p>
<p style="text-align: justify;">Hoy, en nuestra maldita modernidad, los funcionarios encargados de aplicar políticas, al ser nombrados por razones distintas al cargo que deben ejercer, no son capaces de tomar las medidas que corresponden o las que indican la ciencia y la técnica, e incluso el sentido común, pienso y digo. El problema es que nunca se toman las medidas adecuadas. En un pueblo como el nuestro proliferan las ratas, los perros y los gatos; por eso pienso que es totalmente inútil que el conservador del museo haya salvado a ese gato que además provocó un daño a un servicio tan importante como es la electricidad domiciliaria. Y también proliferan las pulgas, los zancudos, las moscas y las arañas, y otros animales más o menos dañinos, incluyendo a la gente, que es la que más prolífera y uno sinceramente piensa que no puede seguir naciendo tanta basura humana, tanto hijo del demonio, que cómo no se esteriliza a una buena cantidad de la población, al igual como se piensa hacer en algunas partes con gatos y perros. Pero basta de lamentos, hay que entrar a la acción directa.</p>
<p style="text-align: justify;">Tengo dos gatos capados que preparo como cazadores, esto a pesar de que no me gustan los gatos. Los estoy condicionando para que eliminen todo animal que repte o circule en el rango que lo hacen los roedores. Éstos incluso podrían dar cuenta de pericotes y guarenes, y hasta coipos, de los que hay en el estero Llo-Lleo, aunque no es una fauna que haya que eliminar, porque están dentro de los protegidos, pero no así los conejos, para los que preparo tanto a perros como a gatos. También tengo el plan de preparar perros para que ataquen y reduzcan o neutralicen radicalmente a los indeseables de la localidad que se juntan en las esquinas barriales. En esta segunda etapa se necesita mayor implementación y un proyecto más legitimado a nivel de autoridades de salud y de gobierno interior.</p>
<p style="text-align: justify;">El tema lo conversé con un par de vecinas y quiero creer que estuvieron de acuerdo. Incluso sería planteado como una propuesta vecinal al municipio. Para mí es obvio que la pauta del desarrollo en esta localidad tiene que ver con la inversión en el medio ambiente, es una de las posibilidades turísticas que habría que indagar, pero la población es idiota o muy determinada por las pautas ordinarias de consumo. Por eso para mí era clave que ese museo diversificadísimo debía ser el eje del desarrollo local; gracias a él podríamos arreglar las playas contaminadas y los esteros, incluso la misma desembocadura del Maipú, que es un mierdal.</p>
<p style="text-align: justify;">Alguna vez me había imaginado que la biblioteca pública municipal podía ser la pauta del desarrollo, por esa mitología que aún persiste en provincia de que la cultura libresca es fundamental; pero no, a lo más reúne a unos bolcheviques criollos con nostalgias épicas o a laicos fatuos con aires de superioridad. Igual este asunto yo lo había conversado con la Verito, una viuda que era muy entusiasta de los temas de desarrollo local y que le daba duro a la ecología y otras yerbas y que enganchaba conmigo en estos asuntos y en otros.</p>
<p style="text-align: justify;">Con ella y otras vecinas parlanchinas, casi todas sin marido o a punto, comenzamos a imaginarnos en sesiones de tecitos y galletas cómo construir una ciudad limpiecita (sin caca de perro y sin tachos de basura volcados por los mismos perros o por los pendejos borrachos y drogados que transitan por las noches), con playas recuperadas para el baño y el turismo decente y cómo recuperar esa fluvialidad que es tan importante para nuestra comuna y provincia, y que determina modos ancestrales de vida que es necesario preservar.</p>
<p style="text-align: justify;">Todo eso había que promoverlo con o desde la municipalidad, a través del museo con todas sus variantes (ciencias naturales, oceanografía, arqueología, historia, antropología, zoológico, centro de recuperación de animales heridos, fiscalía de pesca y caza, etc.) , y más concretamente por la vía de la recién formada Agrupación de Amigos del Museo, para que el ingrediente “ciudadanía” pesara en nuestra cultura democrática, porque se ve bien que la comunidad, a través de sus organizaciones de base, participe o sea protagonista de asuntos como éstos. Obviamente que había muchísimas dudas entre las chiquillas en relación a las políticas oficiales, pero sobre todo aparecía como el gran obstáculo al desarrollo el ejemplar masculino que cumplía la labor de conservador del museo, que tendía a centralizar todo en él, apropiándose de una institución que era naturalmente de toda la ciudad y no de un particular que lo utilizaba para floreo personal.</p>
<p style="text-align: justify;">Los ejemplares de hembras, maduras, cercanas al climaterio, a pesar de los inconvenientes, estaban optimistas por el solo hecho de tener una motivación de trabajo comunitario; es decir, había un hecho político ciudadano, dijo Mariana, que tenía alguna experiencia como dirigenta sindical. Y como casi todas tenían gatos y perros, pusieron sus mascotas al servicio de la causa. Causa que tenía varias patas, una de ellas, la más dura, era la institucional, que no era otra cosa que la lucha comunitaria, las reuniones con autoridades, las discusiones con funcionarios, etc.; pero estaba todo lo otro, que eran las operaciones directas, como podían ser la limpieza de playas y esteros, el combate a la mierda de perro, el control de plagas, la recuperación de las vías peatonales y, en general, la limpieza de toda esa basura humana que tendía a copar el espacio de lo público; para ello había que desarrollar un trabajo de seguridad ciudadana y de sanitización social.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero había algo más, la Verito y la señora Mariana, como tenían un pasado bolchevique, querían realizar una acción de fuerza que no descartaba la posibilidad de tomarse el museo e incluso la misma municipalidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin ir más lejos, al grupo operativo lo llamamos, en un divertido gesto citacional, Hamelin. El dispositivo Hamelin, por extensión, era la operación ambiental que debía limpiar el territorio de todo lo indeseable, incluido, claro está, los ejemplares antropomórficos que dañaban el entorno, y ese podía ser el mismo alcalde o el conservador.</p>
<p style="text-align: justify;">Se necesitaba un flautista, en el sentido de ubicar el instrumento que simbólicamente produjera la mediación que eliminara el daño o el mal que amenazaba la ciudad. Si había malos olores muy frecuentes por lo de la harina de pescado se proponía inundar la ciudad de flores aromáticas, ojalá silvestres. Si había mucho gato o perro se recomendaba organizar una cacería furibunda con lazos y escopetas, y en la que participaría toda la comunidad, festivamente. Si el río traía mucha mierda se proponía embancarla en la orilla que da a Rocas de Santo Domingo, porque los ricos se merecen toda la mierda del mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">En una oportunidad en que andábamos por la ribera del río, tomando muestras de agua, encontramos un cuerpo extraño flotando, pensamos que se trataba de un perro, pero no, era un sujeto, de esos que llaman cadáveres, amarrado con alambres y con evidentes signos de violencia homicida. Era una masa inflada y sanguinolenta; era, sin duda, el ahogado más horroroso del mundo. Jugamos con él un rato, pensamos incluso llevarlo al museo para su clasificación y posible exhibición como patrimonio del horror chilensis, pero decidimos devolverlo al río para que alcanzara, poéticamente, el océano.</p>
<p style="text-align: justify;">Al otro día hicimos una fiesta con todas las chiquillas para celebrar la primera entrega oficial de una propuesta al municipio, en la que, además de solicitarle audiencia al alcalde, le hacíamos ver la inconveniencia de que el actual conservador del museo siguiera en el cargo, porque como agrupación de amigos, la nueva ciudad, equilibrada ambientalmente, debía surgir de entidades con líderes con afán de servicio y no de autoservicio, y proponíamos una alianza entre la biblioteca municipal, el museo municipal y la ciudadanía para mejorar la comuna. Algo como eso decía la misiva, creo, pienso.</p>
<p style="text-align: justify;">En la celebración estaban todas las chiquillas y yo. Y las cabras se anduvieron copeteando un poco. Hasta ese día nadie había reparado en el hecho de que era el único hombre del grupo, y además el fundador de la agrupación, porque me imagino que el resto de la gente sí habrá sentido curiosidad por ese hecho; pero para mí no era tan extraño, las mujeres siempre han sido más activas y comprometidas que los hombres (aunque por ahí leí que este era un fenómeno nuevo, de no más de veinte años). Parece que los milicos se cagaron a la población masculina chilensis, digo.</p>
<p style="text-align: justify;">El asunto es que las chicas estaban súper alegres y el entusiasmo con el proyecto las conectó aún más con los contenidos del mismo. Ellas sabían que tenían que preparar a sus gatos y perros para la contienda, y prepararse ellas mismas; es decir, ellas también eran la flauta del flautista de Hamelin, o su música. Y con un poquito de trago se lo tomaron más que en serio y comenzaron a ronronear como gatitas o a gemir como perritas, y a exigirme que les enseñara las técnicas de caza con que estaba formando mi piquete gatuno de control biológico, así como el modelo canino al respecto. Y uno que siempre anda preparado y dispuesto, no importando las circunstancias, comencé a usar los instrumentos de formación, como las pelotitas tiradas por un hilo que simula una rata, juegos de salto y control y administración de la presa. Con las que optaron por el modelo canino era algo más complicado porque había que ponerles un collar y darles muchas nalgadas, lo que obviamente implicaba otros protocolos. Igual yo diría que fue una buena performance que sirvió al grupo para afianzar sus objetivos y crecer institucionalmente, y así enfrentar con solidez los desafíos por venir.</p>
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		<title>Claudia Apablaza: Siempre te creíste la Virginia Woolf</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Mar 2010 08:46:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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Acá les dejamos un cuento de Claudia Apablaza que apareció en Revista Espiral, hace un tiempo. Se titula Siempre te creíste la Virginia Woolf. Lea y disfrute.

Porque, en lo que a mí respecta, siento de vez en cuando que soy el personaje de alguien.
Clarice Lispector
Como todas las mujeres escritoras, siempre te creíste la Virginia Woolf, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/n600872452_989639_7117.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-260" title="n600872452_989639_7117" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/n600872452_989639_7117-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /></a></p>
<p>Acá les dejamos un cuento de Claudia Apablaza que apareció en <a href="http://www.revistaespiral.org/espiral_trece/literatura_claudia.htm">Revista Espiral</a>, hace un tiempo. Se titula <strong>Siempre te creíste la Virginia Woolf</strong>. Lea y disfrute.</p>
<p><span id="more-259"></span></p>
<p style="text-align: right;">Porque, en lo que a mí respecta, siento de vez en cuando que soy el personaje de alguien.<br />
Clarice Lispector</p>
<p style="text-align: justify;">Como todas las mujeres escritoras, siempre te creíste la Virginia Woolf, pensabas que habías sido tocada por ese don preciado y que serías mejor que ella. Siempre yo te decía: nunca vas a negarme que te crees eso. Tú siempre llorabas, de una forma patética y vergonzosa. Antes de que te durmieras también te lo repetía: Siempre te creíste la Virginia Woolf. Siempre. ¡Admítelo! Incluso cuando follábamos. Cuando cabalgaba sobre ti, te gritaba: Virginia, Virginia criolla. Morirás así, creyéndote eso. No me lo niegues. Es la vida que elegiste, es la vida. Incluso cuando tú ya estabas durmiendo y yo en mis insomnios, seguía repitiéndotelo al oído: Siempre, siempre te creíste la Virginia Woolf. Admítelo. A veces despertabas y me pegabas un manotazo y me decías: cállate. Cállate, imbécil y yo me ponía a llorar.<br />
Un día escribiste un cuento bastante bueno, lo enviaste a un concurso y saliste finalista. Entonces yo te dije que podía ser que te parecieras a la Virginia Woolf, pero que no estaba seguro. Tú te enojaste y me dijiste que era un enfermo, que estabas aburrida, que nunca te habías creído la Virginia, que ya te bastaba con soportarme dos años. Abriste el closet, sacaste toda tu ropa, comenzaste a hacer la maleta; pusiste unos libros, ropa interior, una libreta de apuntes, unos discos, abriste la puerta del piso y te fuiste.<br />
Después de meses yo entendí que nunca debí haberte dicho tamaña tontera. Que debí esperar a que fueses realmente la Virginia criolla y luego amarte así, como la Virginia criolla y latina o la Virginia local. ¿Qué hacer?, me decía. Qué imbécil. ¿Qué hacer ahora que no tengo a mi propia Virginia en casa para que me lave los platos y me haga la comida? ¿Cómo soportar mi vida sin mi pequeña Virginia que me hacía lasagnas de verdura exquisitas?<br />
Hace unos días conocí a otra escritorcilla. Me gusta. Es atractiva. Una de las primeras frases de la noche fue decirme que ella era escritora. Estuve en la cama con ella, le puse la Virginia 2 y la Virginia 1, que eras tú, estuvo toda la noche en mi cabeza. Te imaginé sobre mí, desnuda, y que gemías y chillabas y me decías que nunca fuese a abandonarte. Y aparecía tu rostro iluminado y me prometías en esa imagen llegar a ser tan buena como la Virginia, o mejor que ella, mucho mejor que ella. En fin, es lo que me dicen todas las mujeres. Es raro. No sé por qué todas las mujeres escritoras se creen esa mujer. No entiendo a qué se debe este síndrome tan lamentable. Una adicción por caminar, llorar, estornudar como ella. Cada escritora que se me acerca, que me habla, es la Virginia y aunque no me lo digan yo sé que es así, que en sus meditaciones más íntimas se lo creen y disfrutan de eso. ¿Qué será? Tal vez una enfermedad delirante que cogen las escritoras de todas las latitudes del mundo, de todos los puntos cardinales. Yo perfectamente me podría creer Fogwill, como todos los narradores; o Vila-Matas, o Carver, o Hemingway o Bellatin (últimamente, más bien: Murakami o Fresán). Y caminar, pensar, imitarlos, bailar como ellos. Pero no necesito caer en eso, no necesito estar jugando a eso, sufrir por eso, no necesito escribir una Historia abreviada de la literatura portátil 2, ni tampoco una Muchacha punk 2, menos repetir en cada entrevista la detestable teoría del Iceberg ni la del knock-out; ni tampoco pedirle a una trasnacional que me publique, que me llame por teléfono todos los días para no sentirme tan solo, y luego viajar por el mundo en muchos aviones, en un pedazo de papel, y luego volver a Chile y decir que yo soy mejor que Fogwill, que escribí la Muchacha punk 3 y que escribiré la Muchacha punk 4 y la cinco y la seis y la siete y seré muy famoso, que merezco respeto, seguridad, salir en las revistas nacionales, internacionales como la nueva figura de la literatura latinoamericana, como el representante número uno de la nueva fauna y luego visitarte en los cementerios de noche y buscarte y eyacular sobre tu tumba, como Philip Roth cuando eyaculaba sobre la tumba de su amada y luego encerrarme en mi casa y describir mi nuevo proceso creativo, y caminar como escritor, bailar como escritor, fumar como escritor, cagar como escritor, llorar como escritor y eructar como escritor. Pero no. Creo que no. No lo necesito. Prefiero el oficio que tengo de limpia waters. Es interesante también este oficio. Se disfruta. Se sacan buenas conclusiones de la vida. Limpiar la mugre es una labor espiritual. Uno es feliz limpiando la inmundicia ajena, créemelo. Se es muy feliz. Se crece como persona cuando uno friega con cloro aromatizado de jazmín, con lejía pakistaní, con plumeros árabes y una escoba china recién estrenada.<br />
Hace dos semanas abrí el periódico, fui a las páginas de Fútbol y luego a las de Cultura. Salía una entrevista a página completa del libro que acabas de publicar. (Lindo libro, te felicito). Como titular el editor puso: Marieta Galarze, la joven escritora que odia a Virginia Woolf. Marqué el número de tu casa y Roberto, tu nueva pareja, ¿tienes pareja? ¿es escritor, cierto? Seguro. ¿Por qué no me llamaste para decírmelo, para advertírmelo, para decirme que sales con un escritor? Eres cruel. Eres muy cruel con tu pobre limpiawateres. Él me dijo que no estabas. Le dije que te dijera que bueno, que en fin, que lo aceptaba, que si querías regresar a casa, podías hacerlo, que te aceptaba tal como eras. Que te dijera que prometía llamarte Virginia desde el minuto que pisaras nuestro antiguo hogar. Que te lo dijera, por favor, que ya lo medité y acepto sin problemas tu condición de neo-virginia. Me dijo que no volviera a llamarte, que ustedes eran una pareja feliz, y si acaso yo era ese loco de remate que me creía Fogwill un día y Carver al día siguiente. Ese loco que se disfraza de Breat Easton Ellis para salir a la calle y que aparece en las fotos maquillado como Chuck Palahniuk o como Thomas Pynchon. ¿Qué le estuviste contando de mí? Eres bastante buena para inventar cosas, eres una mentirosa, una loca. Sabes que a mí nunca me ha gustado la Literatura, para nada. Lo sabes muy bien. Yo sólo soy adicto a la mugre, Virginia mía, no inventes cosas de mí, por favor, sabes que yo amo fregar los suelos y eso me ha ayudado a ser una persona realizada, realizada en la mugre ajena.<br />
En fin, le corté de inmediato a tu nueva adquisición literaria y no te volví a llamar hasta hace tres días. Marqué tu número y por fin me contestaste. Me dijiste que lo sentías, que no podías hablar ahora, que debías ir a tu trabajo, que estabas sola en la oficina, que tu jefa estaba de viaje de negocios y que no volviera a llamarte más.<br />
Y bueno, lo que sucederá después de esa llamada es una historia aburrida. Una historia de la limpieza extrema, de la higiene completa y pulcra. Primero obligarte a decirme que de verdad aún te crees esa mujer, obligarte a reconocerlo. Luego un montón de sangre, virginias de mi libreta telefónica muertas; una tras otra; wateres, eyaculaciones en tumbas y diversas profanaciones sin sentido. Luego limpiar la sangre de mi pobre ex-virginia sudaca con cloro, lejía y friegapisos. Imitar una escena completa de American Psycho, sólo para rendirte los honores literarios necesarios. También preocuparme de limpiar la grasa de mi Virginia 2 y de una tercera que conocí anoche en un bar de Montjuic.</p>
<p style="text-align: justify;">Como ves, no soy más que un pobre adicto al aseo. Me encantaría extenderme en esta historia de la excelente pulcritud en el limpiar, es una historia muy bella, pero no tengo muy claro a quién le importa cómo se amplía mi hermosa colección de neo-virginias muertas y bien lavadas.</p>
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		<title>Patricio Jara: Quemar un pueblo</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Mar 2010 08:30:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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Acá dejamos un fragmento de la última novela de Patricio Jara: Quemar un pueblo, publicada el año pasado por la editorial Alfaguara. Lea y disfrute.

La primera presentación de la historia del circo Atracciones Internacionales fue en el patio de la misma posada donde sus miembros estuvieron alojados.
Apenas difundida de boca en boca, se hizo más [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/patook.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-256" title="patook" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/patook-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /></a></p>
<p>Acá dejamos un fragmento de la última novela de Patricio Jara: <strong>Quemar un pueblo</strong>, publicada el año pasado por la editorial Alfaguara. Lea y disfrute.</p>
<p><span id="more-255"></span></p>
<p>La primera presentación de la historia del circo Atracciones Internacionales fue en el patio de la misma posada donde sus miembros estuvieron alojados.<br />
Apenas difundida de boca en boca, se hizo más bien a modo de agradecimiento por la actitud siempre reservada de la casera y de los vecinos, quienes, sin saber de qué se trataba, soportaron a diario el bullicio de los ensayos, especialmente luego de que Oliverio recibiera un timbal, un redoblante y dos maracas.<br />
—¡Muy buenas noches, mis queridos amigos! —irrumpió Lucio Carbonera y levantó los brazos en un gesto lleno de espectacularidad. Se había puesto un traje de chaquetilla y pantalones blancos, botas negras y una capa roja que le llegaba hasta los tobillos—. ¡Todo el mundo de pie con estos artistas de excepción!<br />
Según la breve nota de prensa aparecida en El Paraguay Independiente el 12 de mayo de 1876, a la presentación en los arrabales de Asunción no asistieron más de treinta personas, pero lo que ellos vieron causó  tanto revuelo que pareció que hubieran sido miles los testigos. Al día siguiente la noticia corrió rápido hasta llegar al centro de la ciudad y al taller del periódico, desde donde salió un reportero rumbo a la posada a enterarse de más detalles, aunque para entonces la caravana del circo llevaba medio día de camino rumbo a la frontera con Argentina. De todos modos, lo que pudo recopilar en el vecindario bastó para que al día siguiente el periódico publicara tres párrafos con la noticia. «Un circo de monstruos ha pasado por San Juan», decía el encabezado.<br />
Aquel no fue el único titular de prensa que se refirió al circo. Luego de seis meses por el norte de Argentina y el este de Bolivia, Atracciones Internacionales sumaba casi veinte notas en periódicos y gacetas que daban cuenta de su paso por ciudades y pueblos. Todas, por cierto, destacaban tanto el asombro de la concurrencia como los mañosos juicios de quienes aseguraban que se trataba de descarados y muy bien<br />
urdidos trucos de impostores. Junto con estas sospechas, la Iglesia también tuvo algo que decir; de modo que más de un párroco salió al paso por lo que consideraba una aberración. Incluso más: exhibir impúdicamente aquello merecedor de una profunda y sincera misericordia era poco comparado con las intenciones de lucro de quien obligaba a estos muchachos a grotescos números de carnaval.<br />
Pero aquello a Lucio lo tenía sin cuidado. Más le preocupaban las acusaciones de fraude. Por lo que si alguien insistía en que todo se trataba de un engaño, al término de cada presentación los mismos artistas se encargaban de desmentirlo, acercándose uno a uno para que el público comprobase con sus propias manos lo que sus ojos se negaban a creer. Así, ante la completa admiración de los presentes, los hermanos Ildefonso se abrían la camisa para demostrar que no había trucos, y Alcides dejaba que tocaran sus facciones de anfibio como si se tratara de un rito de sanación. La idea, pensaba Lucio también, era la mejor manera de captar más público. Aunque Oliverio Tovar estaba de acuerdo con el patrón, siempre se las arreglaba para evitar el contacto con la gente; y no precisamente por su timidez, sino por las incontables veces en que los más suspicaces le daban fuertes tirones a los pelos de su cara para comprobar que fueran verdaderos.<br />
Pese al revuelo, el circo nunca pasaba más de cinco días en cada sitio. Si bien Lucio no habría dudado en echar a patadas a los curas y parroquianos que viniesen a hostigarlo, fue el temor a la visita de alguna comitiva médica requiriendo examinar a sus artistas lo que le obligó a tomar tal decisión. Lucio quería mantener la promesa que hizo a sus muchachos antes de partir desde Asunción: que nunca más en la vida volverían a entrar a un hospital por la fuerza.<br />
Con esa premisa, el trabajo del circo adquirió una milimétrica rutina en cada parada. Durante el primer día, mientras los propios artistas levantaban la carpa con ayuda de lugareños a cambio de entradas gratuitas que luego muchos de ellos revendían, Lucio contrataba a un grupo de chicos para pegar los carteles y repartir las octavillas promocionales que hizo imprimir por miles en su paso por San Miguel de Tucumán; y si las tres siguientes jornadas eran dedicadas por completo al espectáculo, antes del mediodía de la quinta, la caravana ya había iniciado la partida.<br />
Conforme pasaban las presentaciones, los artistas fueron ganando tanto oficio como dinero, el que en el caso de Lucio significó recuperar por completo la inversión realizada en Paraguay, a la vez de permitirse algunos lujos, aunque modestos, significativos: agregó una tercera y cuarta carretas, renovó otra y compró nuevo vestuario: trajes, charreteras y sombreros fueron hechos a la medida en Santa Cruz de la Sierra, una de las paradas más exitosas hasta entonces. Si en su paso por cada localidad el circo sumaba cerca de diez presentaciones, allí no fueron menos de quince. Tanta gente se había arremolinado en la entrada de la carpa que Lucio debió arrendar banquetas y sillas en tabernas cercanas para dar abasto a las cien personas que hubo en promedio por presentación.<br />
Para entonces Dámaso Ildefonso había añadido dos nuevas canciones a su repertorio y Gastón lograba cada vez mayor destreza con los puñales que lanzaba a las seis naranjas que ahora Alcides era capaz de mantener en el aire sin que cayeran. Pero eso no era todo.<br />
Luego de acompañar a Dámaso con sus tambores, Oliverio ofrecía un enardecido solo de percusión de más de dos minutos. El tamborileo que mostraba el licántropo a veces alcanzaba tal nivel de frenesí que ni bien salían de la función, muchos asistentes volvían a ponerse en la cola sólo para verlo dándole a los timbales con una velocidad que, tal como su cuerpo cubierto de pelos, muchos afirmaban no era de este mundo.<br />
A inicios de diciembre de 1876, tras el éxito en Santa Cruz de la Sierra y luego en La Paz, la caravana se encaminó hacia a Lima. Era un viaje ambicioso y lleno de riesgos por la rudeza del clima y del terreno, pero gracias a la cuidadosa ruta que les señalaron los oficiales de un regimiento boliviano, el circo, tras doce días de viaje, pudo llegar hasta Arequipa. Allí hicieron seis presentaciones repletas de público y recaudaron lo suficiente para seguir rumbo a la provincia costera de Camaná, el mejor sitio donde conseguir un barco con destino al puerto de El Callao.</p>
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		<title>Nona Fernández: Av. 10 de julio Huamachuco</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Mar 2010 07:42:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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Acá les dejamos un fragmento de la novela Av. 10 de julio Huamachuco, de Nona Fernández,  que obtuvo el Premio Municipal de Literatura 2008. Lea y disfrute.

La madrugada del 5 de marzo de 2003 una pequeña niña aparece degollada en la maleta de un Citroën CX patente UT 34217 en el sector del Parque O’Higgins, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/n1411955949_30129451_333.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-250" title="n1411955949_30129451_333" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/n1411955949_30129451_333-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Acá les dejamos un fragmento de la novela <strong>Av. 10 de julio Huamachuco</strong>, de Nona Fernández,  que obtuvo el Premio Municipal de Literatura 2008. Lea y disfrute.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-249"></span></p>
<p style="text-align: justify;">La madrugada del 5 de marzo de 2003 una pequeña niña aparece degollada en la maleta de un Citroën CX patente UT 34217 en el sector del Parque O’Higgins, frente a las boleterías del centro de diversiones infantiles Fantasilandia, entre la avenida Beaucheff y la tribuna de la elipse. El cuerpo de la víctima presentaba heridas profundas en la zona del cuello inferidas con arma blanca.<br />
El hallazgo del cadáver ocurrió a las seis de la mañana. El guardia de turno de Fantasilandia, Ricardo Tapia Bustos, cuarenta años, domiciliado en Peñalolén, encontró el Citroën CX estacionado frente a la reja del parque. El suceso poco común le llamó la atención y por este motivo se acercó con curiosidad al vehículo, descubriendo que la maleta de éste se encontraba a medio abrir. Al levantar del todo la compuerta, Ricardo Tapia Bustos pudo ver el cuerpo degollado de la niña. Impactado con el hallazgo, Tapia Bustos dio aviso de inmediato a carabineros quienes, transcurrido el medio día, lograron identificar a la víctima con el nombre de Amalia Silva Rodríguez, de tres años de edad, domiciliada en la calle Roberto Espinoza, a quien se buscaba desde la noche anterior a raíz de una denuncia hecha por su padrastro Pablo Méndez Castro a la cuarta comisaría de carabineros.<br />
A los pocos minutos de ser identificado el cuerpo, la madre de la menor, Regina Rodríguez Pereira, treinta y dos años, domiciliada en Roberto Espinoza, y su esposo, Pablo Méndez Castro, treinta y seis años, domiciliado en el mismo inmueble, acudieron al llamado de carabineros. Captó la atención de la policía la tranquilidad de estas dos personas al contemplar el cadáver de la niña con la garganta cortada. Fue esta extraña situación la que dio pie para descubrir al autor del crimen.<br />
El primero en ser interrogado fue Ricardo Tapia Bustos, guardia de Fantasilandia, quien declaró lo ya narrado anteriormente. La segunda en ser interrogada fue Emilia Contreras Peredo, cincuenta y tres años, comerciante, domiciliada en la calle Aldunate, dueña del Citroën CX. Su declaración fue simple y concisa. Luego de una jornada de trabajo en la tienda familiar de artículos plásticos El Bichito de Goma, Emilia Contreras Peredo retornó a su hogar y estacionó su auto frente a su casa como lo hace todas las noches. No se enteró de que su vehículo había sido sustraído, hasta que recibió una llamada de carabineros a las siete de la mañana del día siguiente, anunciándole que un auto con sus documentos se encontraba frente a Fantasilandia con el cadáver de una niña degollada en el maletero.<br />
La tercera en ser interrogada fue la madre de la menor, Regina Rodríguez Pereira, quien a los pocos minutos de ser sometida a este proceso, declaró  entre lágrimas que el autor del crimen era su marido, Pablo Méndez Castro. Méndez Castro fue expuesto al mismo tránsito, confesando rápida y fríamente su terrible delito.<br />
La narración de Méndez Castro fue larga y detallada. En ella expresó  que desde hace bastante tiempo venía planeando la muerte de su hijastra, a quién odiaba profundamente, ya que, según dijo, era la causa de las desavenencias con su mujer, Regina Rodríguez Pereira. La cabra chica era enferma de hinchapelotas, declaró. Nos sacaba los choros del canasto todo el día, no nos dejaba ni culiar tranquilos, pendeja de la concha de su madre, me tenía chato.<br />
La tarde del cuatro de marzo de 2003, poco después de las diecinueve horas, Castro Méndez llevó a la pequeña Amalia a pasear al Parque O’Higgins con el firme propósito de deshacerse de ella. Caminaron por entre los árboles y esperando que oscureciera, Méndez Castro le ofreció a Amalia ir a Fantasilandia, a ese lugar de juegos luminosos que la niña miraba siempre desde la reja sin poder entrar porque no tenían los medios económicos para hacerlo. La menor, que no sospechaba ni comprendía la situación, avanzó entusiasmada con la esperanza de que por fin entraría al parque de diversiones. Sin embargo, siendo ya de noche, la entrada se encontraba cerrada y sólo pudieron llegar hasta la reja y mirar los juegos vacíos desde el exterior. La niña, acostumbrada al rito de observar desde afuera, se quedó allí, quieta, concentrada en un carrusel que no andaba, en una montaña rusa alta y silenciosa, en un tobogán desierto. Viéndola así, Castro Méndez consideró que ése era el momento esperado y sacando un cortaplumas que había afilado premeditadamente, tomó a la niña por la espalda y empezó a cortarle el cuello con gran fuerza. La menor gritó instintivamente a lo que Castro Méndez o Méndez Castro, como sea, declaró haber enterrado con mayor profundidad la hoja asesina, socavando en una herida de la cual manaba sangre a borbotones. En pocos segundos, que para Castro Méndez parecieron horas, la menor dejó de gritar y expiró.<br />
Luego de mirar a la niña unos instantes y de asegurarse de que estaba completamente muerta, Castro Méndez o viceversa, limpió el cortaplumas y sus manos en el pasto, y tomó el camino hasta su casa dejando el cuerpo inerte de la pequeña Amalia frente a la reja de los juegos infantiles. Al llegar a su domicilio en Roberto Espinoza, Castro Méndez llamó a carabineros denunciando la desaparición de su hijastra Amalia Silva Rodríguez con el propósito de despistar la posible atención de las autoridades sobre él. Luego de colgar, por alguna razón inexplicable, Castro Méndez sintió pánico. De pronto temió que alguien descubriera el cuerpo de la niña y pudiera implicarlo en el crimen. Por este motivo fue que resolvió volver al lugar de los hechos y esconderlo rápidamente.<br />
Siendo cerca de las doce de la noche, Castro Méndez tomó el mismo camino por el que había andado hacía unas horas. Al pasar por la calle Aldunate sustrajo el Citroën CX del frontis de la casa de la en ese momento dormida Emilia Contreras Peredo. Con el auto llegó hasta el lugar del crimen y tomó en sus brazos a la niña para depositarla en el maletero del vehículo. Castro Méndez se disponía a huir con el auto y el cadáver cuando un grupo de jóvenes, posiblemente universitarios de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, que se encuentra muy cerca, pasaron por el lugar. El asesino no lo pensó dos veces y corrió por el Parque imaginando que lo descubrirían. Castro Méndez, o Méndez Castro, llegó nuevamente a su casa, pero esta vez no salió más hasta que recibió el aviso de la cuarta comisaría de carabineros informándole que habían encontrado el cuerpo sin vida de su hijastra, Amalia Silva Rodríguez.<br />
El Citroën CX fue a dar a una casa de compra venta automotriz luego de variados e infructuosos intentos de venderlo por parte de su dueña, Emilia Contreras Peredo. En la casa de compra y venta tampoco tuvo buena suerte y luego de dos años de estar allí, Emilia, quien no quería el automóvil por ningún motivo después de los escabrosos acontecimientos ocurridos en él, decidió venderlo a una desarmaduría. Allí el auto fue desmantelado y de él adquirí los focos delanteros y traseros. Ahora esos focos viajarán conmigo en mi furgón.</p>
<p><strong>Extracto del capítulo El Palacio del Repuesto. </strong></p>
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		<title>Cuento de Álvaro Bisama: Había un tipo en el sanatorio</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 19:40:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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Publicamos acá un cuento de Álvaro Bisama que apareció, hace un tiempo, en la revista española-peruana La Siega, titulado “Había un tipo en el sanatorio”. Lea y disfrute.

Había un tipo en el sanatorio
-1-
Había un tipo en el sanatorio, mamá.
-2-
Cuando llegó tenía la cabeza recién rapada. Lo habían mandado ahí después de que su mujer había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/bisama.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-247" title="bisama" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/bisama-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /></a></p>
<p>Publicamos acá un cuento de Álvaro Bisama que apareció, hace un tiempo, en la revista española-peruana <a href="http://www.lasiega.org">La Siega</a>, titulado “Había un tipo en el sanatorio”. Lea y disfrute.</p>
<p><span id="more-246"></span></p>
<h1>Había un tipo en el sanatorio</h1>
<p>-1-</p>
<p>Había un tipo en el sanatorio, mamá.</p>
<p>-2-</p>
<p>Cuando llegó tenía la cabeza recién rapada. Lo habían mandado ahí después de que su mujer había muerto de leucemia.. Estaba deshecho. Como yo. O más que yo. Como si tuviera los todos huesos rotos, esa clase de impresión daba. Le daban pastillas. Las mismas que a mí, las azules y blancas. Lo sé porque el tipo se las guardaba bajo la lengua y después me las mostraba. No eran muy puntillosos con ese aspecto de la terapia, mamá, no mucho.</p>
<p>-3-</p>
<p>Se llamaba Germán y era profesor. Eso me contó. Hacía clases en un instituto. Era experto en historia de Chile, me dijo. Pero no hablaba de eso mucho. Decía que esa parte de su vida se había ido cuando ella se había muerto. Borrado de un plumazo, decía Germán. A negro. No puedo penetrar más allá de cierto momento porque el dolor me ciega, decía mientras tomábamos té. El dolor no me deja pensar, no me deja respirar y el cuerpo se me paraliza, decía y yo lo escuchaba mientras bebíamos ese té, sentados en el comedor del sanatorio, mirando por los ventanales el desierto al atardecer. Eso decía Germán y luego sacaba un cuaderno y me leía sus poemas.</p>
<p>-4-</p>
<p>Era raro escucharlo, mamá.</p>
<p>-5-</p>
<p>Sus poemas no parecían poemas. Sus poemas no estaban escritos en verso.</p>
<p>-6-</p>
<p>Hablaban de refrigeradores y lavadoras. Había uno que detallaba la cantidad de los botones del delantal de una de las monjas de ese sanatorio del norte. Y él iba así, botón por botón, hablando del blanco, de las arrugas y pliegues de la ropa.</p>
<p>-7-</p>
<p>Afuera estaba el desierto.</p>
<p>-8-</p>
<p>Era como si compusiera un rostro o el mapa de una ciudad. Así eran los poemas de Germán, mamá. Fríos, como cadáveres pero se trataba de cosas, de objetos y él los hacía lucir como cadáveres, como cuerpos muertos. A mí, a veces, me daba risa. Él venía en las tardes y me leía uno.</p>
<p>-9-</p>
<p>Escribía con lápiz Bic en una pequeña libreta. Tenía una letra mínima, inentendible. Era un ritual que se repetía día a día: todos esos atardecer amarillos del norte yo escuchaba poemas sobre bicicletas o cubos de basura como si fueran acuarelas o imágenes de personas muertas.</p>
<p>-10-</p>
<p>Por supuesto, al principio no entendía nada pero, con el tiempo, llegaron a gustarme: veía como le crecía lentamente el pelo a Germán y pensaba que eso tenía que ver con los poemas. El pelo y que me gustaran. Eso pasaba casi todo el tiempo.</p>
<p>-11-</p>
<p>Sólo una vez Germán me leyó otra cosa: un día domingo, de invierno.</p>
<p>-12-</p>
<p>Se había largado a llover. Una de esas lluvias que en el norte destruyen todo. Una lluvia casi bíblica, mamá. En la tele mostraban a la gente anegada en el sur, personas anegadas, arriba de sus casas, esperando ser rescatadas por helicópteros de la inundación. En el norte no era para tanto, pero transformaba el desierto en un mar de barro. En el sanatorio habían goteras. Las monjas colocaban basureros de plástico para recoger el agua. Mientras llovía, mirábamos el agua caer y comíamos pan con palta con Germán, de eso me acuerdo, cuando él sacó la libretita y se puso a leer.</p>
<p>-13-</p>
<p>Era un poema largo, de varias páginas, escrito con esa letra chiquitita y apretada con la que anotaba todo. Estábamos frente a frente. Yo podía ver las hojas de Germán y ver cómo, a veces, más allá, en el borde de la página el lápiz se le disparaba, las líneas se le transformaban en rayas, borrones, palabras tachadas.</p>
<p>-14-</p>
<p>Germán no me miraba al leerlo.</p>
<p>-15-</p>
<p>No recuerdo el título, ni sus palabras exactas sino de lo que hablaba, mamá. El poema de Germán se refería a un viaje por el metro en Santiago y detallaba las caras de la gente muda, que subía y bajaba estaciones en silencio mientras miraba la publicidad amarillenta, desvaída y escuchaba las ruedas, pisando la mugre del suelo, esquivando la basura que se acumulaba en las esquinas de las boleterías. Germán narraba cómo era un día cualquiera en Santiago mientras tomaba el trayecto que hacía de su casa al trabajo todos los días. No parecía un poema frío sino más bien como una película. O una teleserie, mamá. Una teleserie mal filmada, como esas escenas de relleno que ponen para demostrar que el tiempo avanza, que la cosa va para alguna parte. Germán lo leía sin exaltarse, como respirando hacia dentro. Algunas palabras no se le entendían, yo me las perdía. De eso hablaba hasta casi el final. O los dos tercios.</p>
<p>-16-</p>
<p>Luego el poema daba un giro.</p>
<p>-17-</p>
<p>Se doblaba como se dobla un papel. O se quebraba tal y como se quiebra el ala de un pájaro. Un sonido hueco, lleno de aire que se desvanece en el acto. Así cambiaba: porque el que hablaba, que era Germán, que debía ser Germán, decidía no ir a trabajar y metía en una iglesia donde velaban a alguien. Y en el poema, Germán contaba que el que velaban era un amigo suyo de infancia, que se había suicidado.</p>
<p>-18-</p>
<p>Había incendiado su casa para luego saltar por la ventana. Su amigo era actor pero no le iba muy bien en la vida, en general. Su amigo había ido a la tele, a un programa de concursos y se había burlado de él un animador con cabeza de cerdo. El poema decía que la cabeza de cerdo era literal, que no metaforizaba nada. Pero también podía ser una máscara teatral. A su amigo muerto, cuando estaba vivo, la mujer con los hijos lo habían abandonado.</p>
<p>-19-</p>
<p>En el poema, en la vida, Germán miraba la cara de su amigo en el ataúd. Su amigo, por cierto, había recitado un poema de Gabriela Mistral en la televisión. En la iglesia no más había deudos que él. Hacía frío, decía Germán en el poema. Hacía frío y el miraba la cara de su amigo y se quedaba allí un rato. Ahí terminaba el poema.</p>
<p>-20-</p>
<p>Así: en Santiago, con el paisaje helado, en una mañana cualquiera, con un muerto a la vuelta de la esquina. Un día en la vida.</p>
<p>-21-</p>
<p>Pero sabes qué creo, mamá: creo que Germán hablaba de mi papá. Podía ser él. Y yo me lo imaginé así. Así de lejos. Así de cerca porque me di cuenta de que, aunque no lo conociera, Germán hablaba de mi papá.</p>
<p>-22-</p>
<p>Que mi papá era ese amigo suyo que estaba en el ataúd en esa iglesia vacía.</p>
<p>-23-</p>
<p>Era a mi papá al que Germán miraba en silencio mientras su propio poema terminaba, mientras el desierto nos cubría con su lluvia, transformándose en un lodazal lejano que amenazaba con convertirse en un aluvión de fango que podía venir desde el horizonte a sepultarnos una vez que llegara la noche, mamá.</p>
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		<title>Cuento de Alejandro Zambra: Historia de una sábana</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 19:21:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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Publicamos acá un cuento de Alejandro Zambra que apareció, hace un tiempo, en la revista española-peruana La Siega, titulado &#8220;La historia de una sábana&#8221;. Lea y disfrute.


Historia de una sábana
1. Fue antes de que mi papá incendiara la casa. Quince o veinte días antes.
2. Había un clóset lleno de sábanas, casi todas blancas, de costuras [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/zambrapaula.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-243" title="zambrapaula" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/zambrapaula-200x300.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a></p>
<p>Publicamos acá un cuento de Alejandro Zambra que apareció, hace un tiempo, en la revista española-peruana <a href="http://www.lasiega.org">La Siega</a>, titulado &#8220;La historia de una sábana&#8221;. Lea y disfrute.</p>
<p><span id="more-242"></span></p>
<h1></h1>
<h1><strong>Historia de una sábana</strong></h1>
<p>1. Fue antes de que mi papá incendiara la casa. Quince o veinte días antes.</p>
<p>2. Había un clóset lleno de sábanas, casi todas blancas, de costuras rojas, rojo italiano. Y un juego celeste, para mí, con dibujos en azul de letras o llaves de sol.</p>
<p>3. Mi madre, desde la ventana, de espaldas, frente a una sábana blanca; quince o veinte días antes, atrás, frente a una sábana blanca. No estaba llorando. Se había quedado ahí, simplemente, esperando a que la sábana se secara.</p>
<p>4. Era un día sin luz. Se volvió y se acercó a la ventana y comenzó a mirarme, a imitar mi cara mirándola, hasta empezar una sonrisa. Pero luego no entró a la casa. Regresó a su lugar, frente a la sábana.</p>
<p>5. Una sábana sin viento secándose al viento. Un lienzo, una especie de escena. La escena continúa hasta que el público comprende que no habrá una segunda escena.</p>
<p>6. Yo soy el que comienza los aplausos. Antes trabajaba de voz en off, pero me echaron. Ahora soy el que comienza los aplausos.</p>
<p>7. Mi función es dar golpes cerrados, aplausos cerrados. Mi función es cerrar las manos, juntarlas con fuerza, a la fuerza. Mi función es buscar silencios y llenarlos.</p>
<p>8. Te voy a aplaudir en la cara, me decían, a veces, en broma.</p>
<p>9. Cierra la puerta por fuera, me decían, pero en broma.</p>
<p>10. Anda a ver si está lloviendo en la esquina.</p>
<p>11. Mucho antes, años antes, mi padre tuvo que regresar a casa de urgencia pues su esposa estaba a punto de parirme.</p>
<p>12. Pero es una imagen limpia, nueva, falsa. Como debe ser. Los niños juegan a hacerse heridas en la enredadera.</p>
<p>13. Había una vez una sábana blanca secándose al sol. Pero era un día sin sol. Es una historia muy larga.</p>
<p>14. No hay una segunda sábana. La sábana se alarga, se desenvuelve, pero no hay otra sábana dentro.</p>
<p>15. Había una vez una sábana alrededor de un cuerpo blanco.</p>
<p>16. Había una vez una sábana que manchaba.</p>
<p>17. Parece que envolvieron a alguien. No me acuerdo bien, estaba en otra.</p>
<p>18. “No poses”, le dicen, pero es difícil no posar. Incluso en sueños. A veces finge pesadillas. Despierta con un grito, con un grito propio. Y aunque sabe que no correspondía gritar recibe el abrazo cansado de alguien o de nadie y guarda silencio.</p>
<p>19. No sueñes, no poses, duérmete de a poco. Así se dice: de a poco.</p>
<p>20. Había una vez una sábana secándose de a poco.</p>
<p>21. Días antes de que mi papá incendiara la casa había una sábana secándose de a poco.</p>
<p>22. No voy a abrir la ventana. No insistas. No se puede.</p>
<p>23. Por amor o por error, duermen juntos.</p>
<p>24. El cuerpo crece o se contrae durante una noche de sueño. El rostro pierde y encuentra sus rasgos con el roce de la almohada.</p>
<p>25. Cuidado, el cuerpo podría partirse en dos.</p>
<p>26. Apaga la carta de ajuste y vuelve a dormir.</p>
<p>27. En el sueño los autos pasaban de largo.</p>
<p>28. El humo arriba antes que las voces.</p>
<p>29. Los fantasmas nos dejaron con la mesa puesta.</p>
<p>30. Había una vez un bulto y una sábana.</p>
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		<title>Pablo Torche: crítica a Acqua Alta</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Mar 2010 19:13:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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Acqua Alta cuenta la historia de una pareja que se encuentra y desencuentra en Venecia. Una historia de amor que podría estar repleta de clichés, pero que Pablo Torche evita mediante el humor y, también, a través del juego literario. Porque esta historia se cuenta de diversas maneras, jugando con estilos tan distintos como Shakespeare, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/n1277912479_302897_7857.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-232" title="n1277912479_302897_7857" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/n1277912479_302897_7857-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<p><strong>Acqua Alta</strong> cuenta la historia de una pareja que se encuentra y desencuentra en Venecia. Una historia de amor que podría estar repleta de clichés, pero que Pablo Torche evita mediante el humor y, también, a través del juego literario. Porque esta historia se cuenta de diversas maneras, jugando con estilos tan distintos como Shakespeare, Fuguet, Bolaño y Borges. Acá dejamos una crítica a la novela realizada por José Ignacio Silva.</p>
<p><span id="more-231"></span></p>
<p><strong>Un ejercicio de denuncia</strong></p>
<p><em>Por José Ignacio Silva A</em></p>
<p style="text-align: justify;">Desde hace un tiempo, una novela reposa en las repisas de nuestras librerías. Tremenda novedad, dirá el querido lector. Sin embargo, si le decimos que ese libro es “Acqua alta” (Emecé, 2009), novela del escritor y psicólogo chileno Pablo Torche (1974), esto no debiera ser tomado a la ligera. Esta novela es la primera que Torche escribe, puesto que sus dos publicaciones previas fueron en el ámbito del cuento, con los libros “Superhéroes” (2001) y “En compañía de actores” (2004). Este último libro que granjeó a su autor razonable resonancia y promisoria proyección.</p>
<p style="text-align: justify;">La historia de “Acqua alta” es engañosamente simple. Dos personajes, Pablo y Chiara, chileno e italiana respectivamente, se encuentran y conocen en la ciudad de Venecia. Tienen una aventura que fluye irregular, el sexo va y viene, los lazos son ora idílicos, ora fríos. Incluso el escenario podría ser pieza intercambiable, puesto que funciona como un bello decorado antes que pesar en las conductas de Pablo y Chiara. Es Venecia –lo que determina el título de la novela, sin ir más lejos-, pero ¿por qué no París, Leeds, Goa o Antofagasta?</p>
<p style="text-align: justify;">Hasta acá nada nuevo. Pero la diferencia es que esta escena descrita en el texto se repite en numerosas formas y estilos. Así la misma situación se cuenta desde la óptica de un Shakespeare, un Cervantes, un Guillermo Blanco, un Alberto Fuguet, la OuLiPo, o el infaltable Roberto Bolaño, multiplicando las miradas, y afinando todo tipo de voces que sirven de coreutas para describir todas las alternativas del encuentro entre Pablo y Chiara. Con todo lo delirante que pueda sonar esta decisión escritural, esta no es algo original. Hay dos ejemplos (uno proverbial, el otro no tanto) de esta práctica. El no tan proverbial es el libro “El arte de rechazar una novela”, del escritor Camilien Roy donde se esbozan 99 cartas editoriales para comunicar la negativa a publicar un manuscrito; y el proverbial antecedente al libro de Pablo Torche es “Ejercicios de estilo”, del francés Raymond Queneau (antecedente del mismo Camilien Roy), volumen en el que Queneau crea 99 modalidades de contar una noticia, alterando el lenguaje, tono, puntos de vista, etc.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/10134_158491825249_46381125249_4046375_8035150_n.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-233" title="10134_158491825249_46381125249_4046375_8035150_n" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/10134_158491825249_46381125249_4046375_8035150_n-189x300.jpg" alt="" width="189" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Así las cosas, es bien acertado decir que Pablo Torche, aún cuando el desafío era nada despreciable, y que tampoco se estaban empujando las fronteras literarias, sale harto bien parado. La impostura de sus capítulos no decae, logra sostenerse gracias a la escritura medida y concienzuda, revelándose como diestra artesanía (con el respectivo sello personalísimo del autor), antes que como seriada copia. Hay creación antes que reproducción. Pero además Torche instala una dimensión poco advertida, y que acá develaremos, la de transformar –aún involuntariamente- a “Acqua alta” como una novela de denuncia. En este sentido, señalar que este caleidoscópico libro solamente “interesará a los estudiantes de literatura”, como pobremente señaló el crítico mercurial José Promis, es quedarse corto. En sendas entrevistas previas, simultáneas y posteriores a la aparición de “Acqua alta”, Pablo Torche no ha escondido su decepción respecto del acontecer literario nacional, especialmente en lo que atañe a los narradores (“en narrativa estamos en anorexia”, señaló en una entrevista al portal web Paniko.cl), subrayando el “bolañocentrismo” que hoy reina en nuestras letras. Con estos antecedentes sobre la mesa, y cotejados estos con la suelta gimnasia narrativa que Torche practica, remedando clásicos de siempre, prodigios nacionales y enfants terribles de la literatura de los últimos años, la tesis de la denuncia y el raspacacho al medio local es notoria.</p>
<p style="text-align: justify;">¿No es acaso este libro un gancho al mentón de la “anoréxica” narrativa nacional? Tiene cara de serlo. Tiene cara de ser un tirón de orejas a una narrativa –en su mayoría- achanchada, ombliguista y autocomplaciente, que reproduce estilos cansinos, que arriesga poco y que pareciera ser una enana blanca, girando alrededor de la supernova Bolaño. Reiteramos que esto puede ser un efecto insospechado que acá volvemos cáusticamente plausible, pero, al final del día, en “Acqua alta” encontrará el lector un libro bien logrado, donde hubo una apuesta que pagó dividendos.</p>
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		<title>Marcelo Mellado: crítica a Armas Arrojadizas</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Mar 2010 18:50:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dzuniga</dc:creator>
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Marcelo Mellado es un rara avis dentro de la narrativa chilena. Escribe desde y sobre la provincia, en una forma que parodia el lenguaje académico, además de adentrarse en el tema de la cultura y la burocracia chilena, siempre, por supuesto, desde la ironía. Acá, Juan Manuel Vial, crítico del diario La Tercera, comenta su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/6933984-Marcelo-Mellado-.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-227" title="6933984---Marcelo-Mellado,-" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/6933984-Marcelo-Mellado--300x155.jpg" alt="" width="300" height="155" /></a></p>
<p>Marcelo Mellado es un <em>rara avis</em> dentro de la narrativa chilena. Escribe desde y sobre la provincia, en una forma que parodia el lenguaje académico, además de adentrarse en el tema de la cultura y la burocracia chilena, siempre, por supuesto, desde la ironía. Acá, Juan Manuel Vial, crítico del diario La Tercera, comenta su último libro:<strong> Armas Arrojadizas</strong>, una antología de sus mejores relatos.</p>
<p><span id="more-226"></span></p>
<p style="text-align: justify;">La narrativa de Marcelo Mellado concede al lector momentos de gracia que por lo general no son comunes de apreciar en la obra de sus colegas. El humor oscuro, la imprecación insultante, la palabra masajeada con sorna, el desprecio por una chilenidad de pacotilla que, sin embargo, se ve a sí misma como un ente triunfador, más ciertas voces que hablan desde una derrota alcoholizada pero no por ello indigna, dan forma a un espacio de queja literaria único en nuestro medio, radiante por su coherencia, fuerza y desparpajo, y admirable por la capacidad de aplicar bofetones donde más duele, es decir, sobre el feo rostro de nuestra excelsa y fecunda mediocridad.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Armas arrojadizas</em> contiene 15 relatos que provienen, en su gran mayoría, de dos libros fundamentales en la obra de Mellado: <em>El objetor</em> (1998) y <em>Ciudadanos de baja intensidad</em> (2007). La selección de los textos estuvo a cargo del crítico Vicente Undurraga, y si ésta fue certera y contundente se debe a que, tras la lectura del libro, uno queda en pie de articular, rememorar o citar con suma facilidad algunos de los postulados más profundos del herético credo del autor. Frases musicales, violentas e indiscutiblemente enraizadas en la pura y santa verdad, como la que sigue, son difíciles de olvidar o pasar por alto: &#8220;Él decía o dice que ese coágulo de caca llamado educación chilena es, al menos como él la había padecido y experimentado, un ritual adaptativo que uniformaba conductas y despotenciaba el deseo&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/portada-armas.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-228" title="portada-armas" src="http://encuentroregeneracion.com/wp-content/uploads/2010/03/portada-armas-179x300.jpg" alt="" width="179" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">No es casualidad que Mellado haya sido, o sea aún, profesor de castellano: en <em>Armas arrojadizas</em> se observa un manejo del lenguaje sorprendente, que combina la corrección del estilo con aquello que en buen chileno entendemos por chuchada. Entre los personajes entrañables del libro (casi todos son seres que han fracasado en esta vida cruel e injusta, personas carentes de &#8220;eso que yo llamaría vocación vital&#8221;) también hay ciertos maestros de escuela que, balbuceantes debido a los efectos del alcohol, aún son capaces de despotricar, haciendo gala de racionalidad, tino e imaginación.</p>
<p style="text-align: justify;">Es el caso de un tal Carrasco, que en el relato <em>Vocación docente</em> le propone a un amigo abjurar de su patria: &#8220;Puta que me caen mal los chilenos, Mondaca. ¿Por qué no renunciamos a nuestra nacionalidad, Mondaca? ¿Eso se podrá hacer? Me refiero a la cosa jurídica. Es una fantasía de antiidentidad que tengo. No sé si hay algún precedente jurídico al respecto. Incluso he estado tentado a presentar mi caso a la ONU, que existiera la posibilidad de declararnos apátridas. Yo lo haría, Mondaca, créeme que sí lo haría. Podríamos dar entrevistas sobre el tema, saldríamos en el diario, nos harían algún reportaje televisivo. En una de esas es una solución, al menos psicológica, de nuestra miseria vital, incluso te puede servir para un proyecto de poesía maldita&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Por lo general, los personajes de Mellado son seres escépticos, que comparten un rasgo esencial: casi todos dan fe de un antiarribismo furibundo, pues, de una u otra forma, se han autoexcluido de las llamadas bondades del libre mercado y no han obtenido las prebendas propias del acto de lamerle las suelas al poder político. La conjura de los grupos en contra de individuos solitarios y aparentemente inofensivos es una fijación constante en la narrativa de Mellado, y ésta podría resumirse en una sentencia inquietante: &#8220;En un país insular como este la palabra traición no tiene el sentido de quiebre moral que posee en otras culturas, es casi un modo de relación social&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuentos que ya podrían considerarse clásicos dentro de la escena literaria local, como <em>No iré a Madrid</em> o <em>Ratas,</em> en donde el narrador desarrolla una potente invectiva en contra de los poetas de Valparaíso, o la alusión cariñosa a personajes olvidados, como el Súper Taldo, aquel muchacho que sufría de ataques de coprolalia incontrolables, hacen de <em>Armas arrojadizas</em> un libro fundamental para entender a cabalidad la época en que vivimos: la cara oculta del exitismo nunca estuvo mejor expuesta que en estos relatos de doble filo.</p>
<p style="text-align: justify;">Fuente: http://letras.s5.com/mm190110.html</p>
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