Entrevista Álvaro Bisama: Santiago es una provincia

Fecha: Jueves 25 de Febrero de 2010

Álvaro Bisama publicó, en 2008, dos libros: Música Marciana (Emecé), una novela acerca de un pintor chileno y sus hijos repartidos por el mundo, y Cien libros chilenos (Ediciones B), su lista de los 100 libros chilenos que hablan sobre nuestra identidad, sobre nuestra historia. Acá les dejamos una entrevista, realizada por Daniel Hidalgo y  que apareció en Revista Contrafuerte, en la que Bisama habla de su última novela y de su impresión de la literatura chilena luego de releer sus títulos más importantes.

El escritor Álvaro Bisama es un tipo que no sabe nada de límites, o quizá sí, y demasiado. Ya sea con sus columnas de El Comelibros en El Mercurio, con sus novelas Caja negra y Música marciana, sus publicaciones de ensayos y crónicas Postales urbanas y Cien libros chilenos, y con su podcast en el que analiza la televisión y farándula local, ha sido capaz de instaurar un discurso propio que se articula desde la anomalía. Conversamos con él sobre su literatura y la de los otros. A continuación, lo que nos dijo.

Álvaro, ¿qué tal? ¿Cómo estás? Tanto tiempo… Partiste de Valparaíso y te instalaste en Santiago. ¿Cómo se ve, ahora desde la capital, tu antigua ciudad?

Con smog. Y un par de buenas bandas de rock. No está mal la verdad. Y no hay tantos incendios como en Valparaíso. Y al pan batido le dicen “marraqueta”, cosa que no entiendo, porque se llama pan batido. Los santiaguinos son gente rara, que no llama a las cosas por su nombre.

¿Crees en diferencias entre la escritura desde la provincia, y la escritura capitalina?

No creo. Santiago es una provincia. Los santiaguinos creen que no pero eso acentúa lo provincianos que son. Todos acá son provincianos. Chile es tan provinciano que hasta toma en serio las páginas culturales de LUN. Basta leer “Siútico” de Contardo para darse cuenta. De hecho, eso vuelve todo más sencillo. Más familiar. La literatura chilena es provinciana. Cuando te percatas de eso, se acaba todo drama.

Sacaste una novela que se llama Música Marciana, el año pasado. ¿Crees poder instalarla en algún eje discursivo, en alguna tradición? ¿De dónde se construye esa novela?

Escribí MM poseído por una voz que me dictó la novela en tres meses en el primer semestre del 2007. La voz hablaba desde el fondo de mi televisor, mientras daban reality shows y “Two and a half men” y me decía que hiciera cosas. Yo escuchaba Plastilina Mosh o Fugazi por esos días. La voz me decía que escribiera. Por lo menos, no se trataba del Horla, que se le aparece a Fabián Casas en unos poemas. Yo le hice caso a esa voz. Escribí la novela y a mi juicio quedó más que digna y estuvo en la long-list del Herralde y después de un año se publicó por Emecé. Respecto a la versión original la toqué poco porque me parecía que aquel estado de crudeza era interesante. De hecho, podría haber repetido “Caja negra” pero me dio lata, no me pareció interesante. Podría haber jugado con el lenguaje y haber citado a los patronos de los escritores jóvenes San Bellatín y San Vila Matas y haber sido tan experimental como glamoroso, pero ya había escrito una novela sobre glam-rock japonés así que, ¿para qué hacer lo mismo de nuevo? Lo único que sabía es que quería contar historias y conté historias y eso me dejó feliz. MM está hecha de historias, está tejida con ellas. Eso es lo que quería: una novela hecha de tantas historias que llegaran a saturarlo todo. Así que me gusta: el ruido de las historias que chocan unas contra otras y saturan las páginas.

Música Marciana, según mi parecer, trata sobre la familia –disfuncional– chilena, o latinoamericana. Sin embargo, me parece algo importante el hecho de que es una familia, que además de estar destrozada, con un padre ausente, y dispersa por el mundo, observa la muerte de los hijos ¿Qué hay con eso?

Nada más divertido que escribir desde el Apocalipsis, desde un fin del mundo chanta, desde Reñaca, que como lo más rasca o kitsch del mundo. Una familia chilena que se destruye, que no llega a nada, que lo único que tiene son voces o relatos que se apilan unos contra otros, como la estática o esas hormigas falsas que bailan asolando la pantalla de una tele sintonizada en un canal muerto. Esa clase de familia. Nada literario, nada cool. Nada que suene a literatura de alguien que escribe libros porque quiere ser escritor. Más bien esa familia era una colección de monstruos medios abortados, medio mutantes y en la novela yo los hago pebre, los pierdo por el mundo. Entre medio hay unos aliens. Yo creo que se puede confiar en dos cosas: una novela donde llena de citas a Kafka y una donde aparezcan extraterrestres. Y MM tiene una de esas dos cosas.

A la manera de los Buendía, gestaste una familia entera y la dividiste en capítulos. ¿Qué hijos son tus favoritos, en la novela? ¿De dónde los sacaste-procreaste?

No sé de dónde salieron realmente. Hay uno que se llama Andy que está inspirado en Matta Clark. Pero el resto no tengo idea de dónde aparecieron. A mí me caen bien las minas de la novela, sobre todo Zia y todo el rollo de los video clips como teoría literaria. También la que hace crítica de cine. Y el que se compra un zoológico vacío. Ambienté eso en la costa mediterránea pero en realidad estaba pensando en Quilpué, en un tipo en su zoológico vacío en un lugar parecido a Quilpué.

En MM asesinaste a don Francisco o a alguien muy parecido, en uno de tus cuentos hay un intento de homicidio a Jorge Pedreros. ¿Te interesa seguir matando personajes emblema de nuestra tv? ¿Quiénes son los próximos candidatos?

Nadie, porque todos están muertos. Todos son zombies. Ahora hago un podcast con el Felipe Cussen que vive intentando convencerme que la gente que sale en la tele es simpática. Estoy a punto de creerle. En MM hay una especie de Don Francisco pero quedó tan desfigurado que deja de ser parodia, adquirió una suerte de horror propio. Respecto a lo mismo: no sé por qué nadie ha escrito una novela inspirada en Don Francisco. Pasa lo mismo con Pinochet. Nadie escribe de Don Francisco o Pinochet. Baradit metió a Pinochet en su novela, pero con Don Franscisco no pasa nada. Eso me da una melancolía tremenda y también ganas de matarme pero luego se me pasa y me pongo a leer a Claudio Giaconi y Diamela Eltit y recupero mi centro, me calmo y luego pienso en que Alcalde le escribió un libro a Don Francisco y Poli Délano otro y los comparo y me doy cuenta de que en realidad preferiría libros sobre Don Francisco y que Alcalde siguiera vivo.

Hiciste una cartografía personal de lecturas en Cien. Tras ese extenso trabajo ¿Cómo se lee ahora la literatura chilena?

Yo la leo con más claridad. Creo que en Cien es un análisis de campo que me permitió trazar un mapa personal. Hay cosas obvias en ese mapa: lo bueno que es Manuel Rojas, lo bueno que fue Donoso, lo chacaleitor que es Parra. Lo no tan obvio tuvo que ver con fijarse en Gonzalez Vera, en Pedro Prado, tipos al margen o vueltos lugares comunes y volver a leerlos.

En el libro queda la idea de que te re-encantas con las lecturas de autores clásicos como Orrego Luco, Pedro Prado, Blest Gana, no así con la Generación del 50 y la nueva narrativa ¿Qué parámetros utilizas para evaluar sus proyectos?

No me llaman la atención esos autores. Si nos ponemos serios, me parece que se les ha leído mal ideológicamente, se les ha mitificado y puestos en circulación al lado de otros como Gómez Morel no tienen mucho que decir, mucho que hacer. Encuentro que hablan desde una nostalgia que parece una melancolía pero que en el fondo es un clasismo soterrado, como una especie de escritura cota mil. Por eso rescato, por ejemplo, los primeros cuentos de Skármeta que son el ascenso de la clase media chilena que no viene del pasado decimonónico, que no protagonizó o se esforzó por hacer un cameo en “Casa grande”. Quizás eso es lo que me dejó claro Cien: que nunca hemos salido de esa novela, que la literatura chilena y Chile completo se parecen a “Casa grande”: un crimen contado como un cahuín, una elegancia vulgar, una casa de adobe que quiere lucir como un palacete.

¿Cuáles son los límites de la literatura chilena?

No tengo idea. Ven como quieras, haz como quieras, como decía Cobain que se metió un escopetazo en la cabeza. Por lo pronto hay que reivindicar la idea de los límites al universo de Star Trek. Yo creo que la literatura chilena aprendería mucho de sí misma si viera “Star trek 5”, donde el hermano de Spock obliga al Enterprise a meterse en un hoyo negro o el centro de la galaxia –que te juro que para mí es lo mismo– para encontrar a Dios. Lo heavy metal es que lo encuentran. Y Dios es como una especie de cabeza medio fluorescente, como un holograma disco o algo así y les pide a estos pobre tipos que le cedan el Enterprise para salir del centro de la galaxia e ir no sé dónde. Y los tipos le dicen que sí a Dios porque bueno, quién le va a negar algo a Dios, hasta que William Shatner (cuya versión de “Common People” de Pulp es mejor que el original) mira a Dios y lo interpela. “¿Para qué necesita Dios una nave espacial?”, le pregunta. Bien, yo creo que esa pregunta simboliza los límites de la literatura chilena.

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